GUSTAVO

No me refiero a quien, con solo mencionarlo, activaría la brutal polarización que hoy agobia a este malogrado país que es Colombia, un país que desperdició la única esperanza de cambio real que ha tenido durante siglos y que se apresta ahora a retornar a los peores tiempos de la república.

Me refiero a otro Gustavo. A un pariente. Pero sobre todo a un poeta que los amantes de la buena poesía deberían leer. Se los recomiendo.

No nos conocemos. Supe de su existencia, hace como quince años, por un comentario de mi inolvidable primo Darío Burgos a propósito de mi poemario “Un imposible viaje”. Tiempo después me lo encontré circunstancialmente en el barrio Facebook, como lo llama, con afectuoso humor, mi amiga Estella Patricia Alba.

Anoche, poco después de medianoche, me encontraba desvelado pensando en mis acostumbradas diabluras y arribé de pronto a este poema suyo en su cuenta de Facebook. Lo leí de un tirón y me conmovió de inmediato (digo pleonásticamente de inmediato, ya que hay conmociones que pueden tardar horas para manifestarse). Porque esa también fue y es mi historia. Le puse un “me gusta” y Gustavo, seguramente más desvelado que yo pensando él en sus propios fantasmas, me contestó con un escueto gracias. Entonces le escribí a esa hora un comentario. Soy de poco comentar los posts de amigos y contactos, pero de este no me podía escapar. No respondió de una vez. Lo supuse vencido por el liviano peso de algún verso trasnochado. Temprano en la mañana lo hizo.

Gustavo Burgos. Solo conozco de él ese único nombre y ese primer apellido que, sin duda, nos hermana, ligados, según me ha dicho, a nuestra ancestral Ciénaga de Oro. Y, curiosamente, ambos fuimos jaguares en la pasada contienda presidencial.

He aquí su poema:

David

El entrañable amigo

En los 80(s)

No había metro en Medellín

La ciudad era para nosotros

Juego ebriedad

Trabajo ensoñación

Llevábamos libros

En algún lugar

Por el parque Bolívar

Por Junín

En un bar de Palacé

En La Playa con quebrada

Debajo de la calle

En el parque de Boston

Llevábamos unos sueños

Unas penas

Y la risa de la tarde en los edificios reflejada

En sol

Íbamos siempre espartanos

Y puros

Comíamos y tomábamos cerveza

En el Bar la Serenata

No teníamos los años encima

Y creíamos en la Palabra

El cielo siempre a pesar de las penurias

Siempre azul

Con hermoso y primaveral amarillo

De los Guayacanes florecidos

Teníamos novias muertas

Y novias de salón

Nos sentamos esa tarde al filo

De los sueños

David hola querido

Después de tantos años...

Mi comentario: Me remontaste hasta esa época, la Medellín de los Ochenta; por allá estuve viviendo como ocho años desde 1980, vivía en el centro, a una cuadra de La Playa, y todos los sitios que mencionas también los frecuenté. Tu poema (muy bello, por cierto), dolorosa y alegremente nostálgico, me resulta bastante familiar y conmovedor. Es más, debí haberlo escrito yo antes que tú, pero te me adelantaste. Aunque en varias de mis prosas he escrito remembranzas parecidas. Tuve también un amigo como ese David que tú mencionas. Tremendo eso de las novias muertas. Me llevaré ese poema tuyo para escribir sobre él, dándote, por supuesto, el crédito. Gracias por ese texto. Maravilloso.

Su respuesta: Qué agradecido con tus comentarios, Francisco. Qué bueno que te haya gustado. Gracias. Valoro tus apreciaciones tan atinadas. Saludos cordiales, primo cantor y poeta.

Vuelvo al poema, lo releo y me emociona otra vez. Lo de “muy bello” y “maravilloso” son, por supuesto, lugares comunes a falta de mejores o más precisos adjetivos. Me parece ver una doble nostalgia haciendo de las suyas: la del recuerdo y la del reencuentro. Una mezcla absoluta de tristeza y alegría que solo se consigue con el correr implacable de los años. Evocaciones que terminan siendo serenas en el dolor e inexplicablemente felices. Me seduce aquella ciudad que era juego, ebriedad, trabajo, ensoñación, y lo de recorrerla llevando siempre libros, sueños y penas mientras se podía ver la risa de la tarde reflejada. Y lo de los bares, las cervezas, cuando aún, sin años encima, se creía en la palabra. Y esos cuatro renglones del final, al filo de un nuevo saludo y, por ende, de un nuevo adiós. Contundente esa combinación de vacío y fatalidad. La sonora latencia del vacío. La soportable y gustosa atracción de lo fatal. “Después de tantos años…”. Todo lo que encierra esa última frase y sugieren esos puntos suspensivos. ¿Será posible todavía salvarse? ¿Podrá la Palabra recobrar el aliento?

Y aquí no finaliza la historia de una de estas amistades virtuales que terminan siendo a veces más poderosas y duraderas que las de la vida real. Me fui a buscar en mis libros esas remembranzas parecidas y encontré varias en “Prosas para romper la felicidad” y “Dietario del resto de una vida”. Pero la que más me gustó no ha sido publicada. Un relato titulado “El aire del ausente”, que estaba incluido en mi libro “Santo remedio” y al tiempo de su publicación lo saqué por largo y confuso (esto último debido a la crítica literaria de un amigo al que invité a escribir el prólogo). Me arrepiento de esa decisión. Así lo quería. Así lo construí. El escritor que piense solo en garantizarse lectores se vuelve un mercachifle.

Selecciono y copio fragmentos de ese relato, hoy arrinconado en un archivo de Word sin libro que lo acepte. Como esas prosas apátridas de Ribeyro. Tal vez pertenezca a ese “nuevo lenguaje”, a esa prosa poética-musical de la que hablaba Baudelaire. O quizá más adelante caiga en la cuenta de que “El aire del ausente” bien podría engrosar las páginas de mi libro en proceso aún de escritura “Mientras la brisa sople”. Atardecerá y de pronto lo veremos.

Aire y ausencia. En ello radica la similitud de ambas rememoraciones.

Fragmentos de “El aire del ausente”:

(…) Y le veo subir con taciturna gloria hacia los anfiteatros del pez borracho, blindado con antiguos secretos, destapándose en lugares sospechados, fundiéndose sin misterio con la lluvia. Yo, entre tanto, siguiéndolo con la torpe cautela de los años, fingiendo dominar cigarros inconcusos, sorteando la madurez del estupendo amparo. Caminar otra vez en Medellín, recorrer El Palo con versos efables, libros publicados, sueños en estado cataléptico. Clase de 6 a.m., calle 50, Edificio Copal, El jurídico que nunca visitaron, aquella facultad de monasterio… Volver a Medellín y ver la misma sombra amarga en plazas y tabernas, los mismos discutidores del Parque de Bolívar hoy con más volumen y menos tolerancia (…) literatura audaz, impotencia que brega, religiones que se devoran unas a otras, el pobre transeúnte regañado por apóstoles del vicio, pastores de nunca acabar, un Festival de Poesía más cargado de show que de poesía, saber que todo este tiempo ha transcurrido sin que Martín y Alejandra se hubieran conocido, mi oficio de escritor oxigenándose de fracaso en fracaso, buen síntoma sin duda, dos o tres premios en extremo dañosos, y saber también que no hay mejor lugar para vivir, gústenos o no, que aquel donde la muerte ha resistido. (…) Y él, y yo, amigos de amistad incompleta, “juventud divino tesoro ya te vas para no volver, cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer”, sin tiempo ya para abrigar contusiones, despojada el alma de estrambóticas risas, cínicas y falaces, aliviado el espíritu de serias ironías, y entonces, pese a todo, conversar como si nada se hubiera transformado, un café, cero licor, otro café, dando vueltas y vueltas por los nichos infames, las iglesias que Fernando Vallejo frecuentó deseoso de esterilizarlo todo, no obstante admitir, irreverentemente sentir, que esos mozuelos y suculentos sicarios solo pueden ser hechos en esta Colombia de amplios y puntiagudos contrastes, el bodrio, el estrellato, como si Darío y Ramón de Campoamor siguieran intactos, yo exterminando otra vez en sus palabras a la tía abuela con la que vivió el silencio, Quasimodo y Silva recitados de memoria por esa viejita confiable, remordimiento que prosigue insepulto, triunfo económico engordando a profesionales lombrices, miserias de siempre, tan humanas y díscolas, desenlaces de siempre, tan hediondos y bellos, cachorros que pensaron juntos el porvenir del miedo, y la muerte acercándose, naturalmente afirmada, días ya no tan extraños en que, por estupidez de conservación, la alejan de la fiesta, peligrosas esquinas donde continúa destemplándose el destiempo, bares de mariquitas con más hombrecitos que se suman a la causa, bohemia disfrazada, aguacero de males infinitos, y él, cerveza en mano, rompiendo en llanto, quitándose la máscara, y yo, mar hecho añicos, sintiendo más que nunca el citadino odio, sonriéndole sin ganas a la enorme distancia del sufrir. (…) Y otra vez partir a la natal discordia, Sócrates y el Cristo recibiendo de su parte el penúltimo desvelo, letras ácidas y manuscritas que quedaron inmortalizadas en cuadernos terribles, litoral fresco, por fin una voz enemiga, ribera sordomuda para revivir el tiempo de la ausencia, el aire del ausente cantando a los cuatro vientos la caricia fatal, año tras año recibiendo una llamada puntual de cumpleaños, y decir que en medio de tanta droga y tanto disparate Medallo es como un cielo, donde el amor y el desamor pasean nauseabundos, donde hay ombligos que reproducen el tedio, la esclavitud del corazón se ensaña satisfecha, va formando residuos de pesadas alburas, pienso en descendientes nuestros que repiten la historia (cómo sobreviven tan fácil y gustosamente es algo insoportable), musgos del más allá, aire del ausente, aire impuro vaya a donde vaya, personalísima forma de llevar a cabo el plan del universo, unos ganan, otros pierden, pertenezco canallescamente a los segundos. Río de la infancia, cómo es posible que permanezcas anclado a esta existencia inconveniente, ¡oh, mar eterno!, ponto de dunas miserables, cuánta claridad fastidiosa te atreves hoy a prodigarme. (…) Y él, en su templo normativo, azotado por la vejez y la mortaja, y yo, avisado e insólito, ¿qué culpa tengo por último de ser infelizmente feliz?

Gracias, Gustavo, por ese poema tan tuyo, que siento como mío.

FBA

 

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