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NIQUÍA “Y el eco de la ráfaga perdiéndose en el universo de Niquía. Y la voz de mi madre que desde adentro dice: ¡Otra vez, hija, otra vez es la muerte! (…) Mamá comienza a rezar duro. Y yo a maldecir hasta siempre la existencia.”. He vuelto a leer a Pablo, los pocos libros que de él me faltaban (los de sus cuentos, otro de ensayos y sus dos últimas novelas). Viví siete años en Niquía. Veinte años después leo las historias narradas, con nostálgica y conmovedora prosa poética, por Pablo Montoya en sus “Cuentos de Niquía” (1996). Niquía, ese barrio de Bello, en Antioquia, en cuyas calles fui testigo de hechos similares a los contados por Pablo. El cerro Quitasol vigilándonos siempre, todos los días, de cerca. Vivíamos en un apartamento ubicado en el segundo piso de uno de los bloques de la Unidad Residencial Cacique Niquía Manzana 6, con ventanas hacia la Avenida 42. Todas las tardes, al volver del trabajo (trabajé primero en Rionegro a una hora de camino y luego en Guarne a media ...