¿CULTURA O CORRUPCIÓN?
El caso muy sonado en estos días de la poeta Fadir Delgado Acosta (retiro del XXXIV Premio Tiflos de Poesía y otras solicitudes con idéntica finalidad) me lleva a pensar en la similitud de lo que ocurre en esos concursos de poesía con lo que acontece en los concursos de canciones inéditas en los festivales vallenatos y sabaneros.
No es mi intención juzgar a la poeta, cuya calidad estética no discuto. Pero una cosa es esto último y otra muy distinta es el entramado de corrupción que también se mueve en los concursos literarios. Sea o no su caso, lo cierto es que se presentan libros y poemas ya premiados o finalistas a otros concursos en países distintos, y hasta se cambian títulos de poemas para poder concursar nuevamente con ellos. Algo muy grave se escenifica sin ningún pudor: tráfico de influencias; complicidad con jurados previos que se supone son secretos; pago mutuo de favores; recomendaciones; fraude, y los infaltables amiguismos que tanto daño le hacen a los asuntos culturales. Me imagino que debe haber igualmente repartición de dinero, máxime si hablamos de premios tan cuantiosos. Diez o quince mil euros, por ejemplo, o de cincuenta millones de pesos y hasta más.
En los concursos de poesía se evalúan libros o poemas. En los musicales, canciones inéditas. ¿Y qué es lo que pasa en los concursos de canciones inéditas en los festivales vallenatos y sabaneros? Pues pasa de todo. Y todos los que nos hemos movido en ellos lo sabemos, nos consta, y nadie tendría por qué rasgarse las vestiduras. ¿O es que no es cierto que amistades y parentescos entre concursantes y jurados inciden en los fallos? ¿O tampoco es cierto que muchos de esos premios se negocian con jurados y organizadores antes de otorgarse? ¿O que un mismo compositor se ha ganado varios festivales con la misma canción? ¿O que solo le cambie el título o le haga ligeras variaciones en su letra para ajustarla al evento de turno? ¿O que algunos concursantes cuenten con ayudas conniventes que les suministran datos para congraciarse con el pueblo anfitrión, apostándole así a la insinceridad del efectismo festivalero, sobre todo en las canciones costumbristas? ¿O que circulan compositores expertos en apalancamientos y manipulación de contactos? Para no hablar de que hay canciones victoriosas que se han paseado en festivales concursando a través de diversas autorías. El negocio tiene obviamente sus testaferros. Y la hechura de canciones con IA ha empeorado las cosas. En tal contexto, se ha evidenciado asimismo la risible situación de compositores que de tanto cambiarles los títulos a sus canciones ya no se acuerdan ni cómo se llaman.
Nada nuevo que no se sepa. Y si lo traigo otra vez a colación es solo por relacionarlo con el episodio de la poeta hoy cuestionada, porque me parece que en los festivales musicales a los que me refiero se está en mora de implementar controles de similar calado. Auditorías e investigaciones que conduzcan a destapar esas ollas podridas. Con más razón porque se trata, en su mayoría, de dineros públicos. Qué bueno sería que se comprueben minuciosamente los hechos y se retiren los premios, obligando incluso a devolver la plata y los trofeos. Porque la corrupción no prescribe.
Lucubrar no cuesta nada.
No señalo a nadie. Solo me atrevo a contar una verdad que no creo que alguien ose desdecir. Es, si se quiere, vox populi.
Hay, por supuesto, valiosas excepciones, como en todo. Uno que otro evento que intenta ser objetivo y transparente. Jurados serios, conocedores y honrados que no se dejan manosear ni se prestan para sinvergüencerías, y compositores que compiten en buena lid, sin maniobras oscuras, conscientes de que triunfar vale la pena si es por méritos propios y no por chanchullos.
Acabar con la corrupción en el arte y en la cultura debería ser un imperativo categórico.
Pero como el monstruo de esa corrupción es gigantesco, y sé -como están las cosas- que muy difícilmente podría disminuirse su presencia, me limito a hacerles, a quienes así actúan, una respetuosa invitación a que cesen en tales oprobiosos comportamientos, a que se respeten y valoren siquiera un poco, puesto que el ego y el dinero mal habido, y la fama sin honestidad, son manchas que jamás se podrán quitar de encima. Nadie los recordará de otra manera. Quien corrompe el arte, no puede aspirar a que el arte les reconozca algún valor.
Tontería e ingenuidad de mi parte, quizá. En todo caso que al menos lo piensen, no vaya a ser que algún atípico día esas “empresas” festivaleras (por no llamarlas ahora como acostumbro a hacerlo) sean intervenidas y sancionadas drásticamente, como debe ser.
Mientras tanto, que siga la música bregando a la intemperie. Contra viento y marea. Cumpliendo su singular destino.
FBA

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