EL
TORTUOSO Y NOCIVO CAMINO DEL RENCOR
Vivir sin cometer errores no es vivir. Y es muy fácil incurrir en ellos. Se debería nacer equipado con todas las herramientas necesarias para afrontar lo que implica eso tan complejo de nacer, crecer y tener que relacionarse con congéneres. Si estuviéramos solos, sería la maravilla. Para no hablar de lo de reproducirse y morir. Es tanta la inconsciencia que, a sabiendas de que nada de lo que filialmente produzcamos es perdurable, se nos da por multiplicar esa pavura. Nos pasamos la vida fingiendo y postergando, convenciéndonos incluso de que nunca ocurrirá lo inevitable. Y la celebramos como si fuera eterna y primorosa. ¡Y sí!, a ratos lo es.
Pienso con bastante frecuencia en esos niños que no tienen la menor idea del aciago desenlace que les espera. Ojalá pudieran quedarse toda la vida así. Ignorarlo es la única manera de no angustiarse por ello de por vida. Sin embargo, no faltan aquellos raros seres que desde temprano descubren el terror y no hay modo de que el impacto de semejante conocimiento los deje de torturar a lo largo de sus vidas. A veces más, a veces menos, y hay días en los que, por robótica fortuna, ni menos ni más.
Pienso en esos perros que saben nadar sin que nadie les enseñe. Está en su naturaleza.
Pero en la naturaleza humana no hay sabiduría. Al hombre le toca aprender y, por lo general, tarda demasiado en medio aproximarse a ella. Y cuando quizá de algún modo inverosímil la consigue, es hora ya de partir. O sea: de quedar frito.
Así que equivocarse es lo más humano que puede haber en la humana ventura.
Y es aquí donde comienza el lío. Errores que se pagan caros. Muy caros.
¿Culpables? Buscarlos y señalarlos es lo de todo aquel que se deja enceguecer por su sola opinión. De su versión no pasan. La dan por cierta y absoluta. Lo difícil es tratar de trascender lo cierto, penetrar en incertidumbres y contrastes; esas otras versiones que prefieren, para no ocasionar daño, guardar silencio.
Entonces llega el rencor y se instala cómodamente en las vidas que le son propensas, llevándolas a causarse y causar todos los males posibles e imposibles. Propagarse hasta lo infinito es su tarea. No descansa. No conoce de treguas ni perdones. Cualquier día se escucha diciéndose haber perdonado porque se lo pidió a Dios, pero a la primera oportunidad vuelve a sus andadas. La religión solo les apacigua un poco la enfermedad. Porque el rencor es, sin duda, tremendamente patológico.
No se trata tampoco de mostrar inocencias. Si no hay que buscar culpables, no hay que buscar inocentes. Los errores son como el amor. El amor, para ser amor, debe ser correspondido, o de lo contrario no es otra cosa que obsesión. El error es igualmente error si tuvo también su contraparte. La responsabilidad, quiérase aceptar o no, es compartida. Difícilmente se puede ser inocente en las relaciones humanas. En las amorosas sí que menos.
Por supuesto que hay decisiones o más bien situaciones que generan dolor. Reconocerlo y lamentarlo es lo único que se puede hacer, pues la solución no es dar marcha atrás. Porque sería peor. Toca pasar página. Quedarse toda la vida rumiándolo, mortificándose y alimentando venganzas no es de espíritus libres y reflexivos. Pudiendo abrirse a vivir la vida de otra forma, procurando mejores resultados, se dedican es a amargarse y a prolongar perjuicios.
Hay gente que carga con esos rencores toda su vida y se los transmiten a su descendencia; y esta, a la suya. Cuando algo mejora, de inmediato lo destruyen.
Bastante triste todo esto. Como si lo que naciera no muriera. Es una sola oportunidad de vivir la que tenemos. ¿Para qué desperdiciarla en martirizarse por lo que no pudo ser, sea cual sea haya sido la causa?
¿Cuándo diablos lo entenderemos? Que, pese a lo que sea que nos ocurra, habría que intentar, tarde o temprano, ser mínimamente feliz. Y para ello hay que despojarse de odios y resentimientos. Mientras solo acumules sentimientos tan desastrosos nada bueno tocará a tu puerta. Pero es muy difícil que personas así se liberen de sí mismas. Prisioneras de su propia estolidez. No están vivas. Ya están muertas.
Y la vida sí que se repite. Los problemas. Los rencores. Las distancias… El corazón humano se empecina en, a nombre del dolor, creerse puro y bueno. Nunca ve más allá de sus turbias razones.
¿Por qué incurrir en eso mismo que la voracidad protectora hizo contigo? ¿Por qué prohibir? ¿Por qué alejar? Amparos como esos acaban siendo peores, generando malestares en aquellos a los que tanto dicen querer.
He cometido muchos errores y he causado daño. ¡Claro que sí! ¿Quién no? También me han herido muchas veces. Y vaya de qué forma: uno de esos daños que produje terminó siendo mucho más dañoso que el mío. Nada que se cura. Una especie de vesania posesiva que se cree con el derecho de seguir enjuiciando y persiguiendo. Hace rato puse en su sitio a ese percance y no he vuelto a saber nada de él, si bien no deja de preocuparme la idea de que a ciertos peligros conviene saberlos cerca para poderlos mantener bajo relativo control. A veces se me da por pensar en orquestaciones malévolas queriendo ensañarse con mis culpas. Seguramente, es el precio que debo pagar por haber incurrido en un error monumental. Días terribles aquellos. Años juveniles agobiados por el desarraigo, la soledad y el extravío. Un yerro que creí superado se vio de repente, por un contexto existencial de caos, favorecido. Y volví a caer en él. Luchar contra una imposición paterna, amortiguar el peso de la lejanía, una universidad lúgubre y aplastante, el germen de una enfermedad nerviosa, un desmayo… Todo aquello influyó. Y mal que bien tenía que acabarse. La ruptura era solo cuestión de tiempo. El desamor encontraría su válvula de escape.
Si pudiera corregir algunas cosas… Si pudiera haber evitado otras… Es fácil plantearse hoy, más de cuarenta años después, soluciones anacrónicas. Aquel muchacho pensativo y angustiado no tenía cómo elegir en ese momento otro camino. Se equivocó. Y fueron devastadoras las consecuencias. Pese a mis esfuerzos por preservarme, subsiste una que otra amenaza malqueriente.
No hay nada más engañosamente brutal que los chantajes afectivos. Supe alejarme de ellos, no dejándome contaminar ni doblegar por sus malvadas intenciones. He aprendido también a apartarme cuando intuyo que mi presencia física no es bienvenida y ocasiona molestias, reviviendo tal vez, sin yo querer, épocas perturbadoras. Sacrificios que hay que hacer en beneficio de seres que en realidad me importan.
A propósito de enredos amorosos, creo haber roto varios corazones, y lo complejo es que nunca se trató de amor. Cada edad trae sus afanes.
En cuanto a mis heridas, qué tal que me hubiera dedicado todos estos años a empobrecerme mentalmente dependiendo de ellas para todo. Con literaturizarlas me basta.
A estas bajuras de mi vida solo aspiro a un poco de paz, a no permitirme nunca más ataduras de ninguna índole. Me falta una sola: la del trabajo. Solo cinco meses de resistencia y le diré hasta nunca, sin agradecimiento alguno, a esa entidad paradojal en la que me evaporé durante treinta y pico de años.
Di el viraje que había que dar. Un poco a destiempo y ayudado por las circunstancias, pero lo di. Y desde entonces mi vida se embarcó en un mundo muy distinto, tal vez predestinado por un dios literario y luchador. Hasta esta luna de hoy bajo cuya luz pienso en todo lo que me la he gozado y la he sufrido. Nada de qué arrepentirse. Destinos que toca cumplir sin pestañear.
El tortuoso y nocivo camino del rencor. No ha sido el mío ni admitiré que lo sea.
¿Pedir perdón? No creo que sea esa la mejor de las rutas.
Mi abrazo estará siempre disponible para quien quiera verdaderamente y con sinceridad reconciliarse. Si así lo siente y requiere, sabrá dónde pervivo.
Mi única condición es este consejo de Julian Barnes en El ruido del tiempo: no quitarles complicación a las cosas, puesto que la vida siempre rechaza la simplicidad.
FBA

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