ZOO
(fabulilla)
Un zorro, de ubérrima cola y mirada ladina, piensa en su siguiente presa. Es todo un experto en cacería de conejos, palomas, liebres, gansos y gallinas. ¡Paloma a la vista! Perfila bien su olfato, calcula las consecuencias y concluye que no puede ser él su depredador material. Se inventa entonces a un tigre para despalomar a esa paloma, y esta, la pobrecita, se somete al zureo de su papá zorruno sin gruñir. Sí, hay palomas que gustan de zorros, les tienen confianza, se creen zorras y hasta se vanaglorian de ser sus hijas. El tigre se ajusta bien el disfraz y empieza a actuar como tigre, o sea, a mostrar colmillos, a amenazar con mordidas, a descrestar con zarpazos. A más agresión, más gatos rugiendo. Una montonera de gatos creyéndose tigres se encarga de devorarse a la paloma. No era una paloma menuda, y para todos ellos alcanzó el manjar. El tigre se confunde un poco, lo dejaron sin presa, tiene hambre y de repente le provoca merendarse a varios de esos gatos. Se rumora que hay un jaguar rondando. Es mejor adelantársele. El zorro se da cuenta a tiempo de lo que el tigre pretende y le ordena que se abstenga de semejante despropósito. Es antinatural, chilla. Un mejor banquete lo espera, con carne en extremo suculenta, le asegura. Y mientras tanto, un par de halcones no dejan de mirar la escena desde una altura prudente, por si las moscas. Con tanto animal suelto, las moscas se mosquean. Quién fuera elefante, oso, león o rinoceronte para acabar en un dos por tres con ese tigre, dice el halcón más joven. El otro, veterano y con más sapiencia que un zorro, ladea del todo la cabeza para observarlo bien y le responde: ¡sí se puede!, caigámosle a manadas. Conocen sus talentos y capacidades, son depredadores supremos con varias armas poderosas: cuerpo aerodinámico; pico con muesca, fuerte, curvo y dentado; agudeza visual de alta resolución hasta kilómetro y medio de distancia, y un vuelo rápido para emprender con éxito la fuga. ¡Apliquémosle una extracción! Es solo esperar a que el tigre se descuide o se duerma para agarrarlo por su lujosa barba, transportarlo hasta un lugar seguro, sacarle los ojos y desvertebrarlo después a picotazos. La seguridad lo es todo, y entre rapaces nada está prohibido. El jaguar se acerca. Su condición es un tanto diferente y conoce mejor estas tierras que ninguno. Hay que cuidar al búho, salvarlo de las garras del tigre. Ordena a sus halcones que entren en acción. El tigre se despierta gritando en medio de una sudorosa pesadilla, ¿qué hago yo vestido de tigre?, no tengo vocación de tigre, yo de cosa maúllo, miau, miau, guau, guau, grrr, ¡cálmate perro!, eche no joda, monstruo y qué, cógela suave que la vaina no es contigo, grrr, ¡pase!, ¡pase!, el tigre empieza a ver ballenas, serpientes, jirafas, cebras, pavos reales y micos por todos lados, los micos se divierten acosándolo, se burlan de él, le muestran sus dientes y se aplauden, listas pardas y negras, plumas verdes y azules con irisaciones doradas, penachos sospechosos, aleteos entrando por todos los ventanales de su mansión, el tigre corre hacia el baño del dormitorio principal, ¡no!, ¡no!, ¡no!, déjenme quieto, qué firmeza ni qué ocho cuartos, lo de mi estilo altanero y lo de mostrar varias caras y contradecirme era por joder, estas rayas son falsas, se los juro. El zorro está limpiándose su diestro y sucio ojete de mural en mural, lo vieron descompuesto y delirando sin poder controlarse la diarrea, el tigre no tiene a nadie más que pueda socorrerlo, su corte gatesca no aguantó la primera correteada de unos belicosos jejenes pacifistas y a sus patrióticas mariposas amarillas un pálido murciélago progre las espantó. El jaguar se apresta, por consiguiente, a dar el golpe definitivo; está por entrar en escena, tumba la puerta con una sola manotada, la jauría le abre paso y lo guía hasta el baño donde el tigre, en medio de súplicas y quejidos, alcanzó a meterse. Está asustado y es cuando se acuerda de su hembra, de sus cachorros, de lo feliz que eran todos juntos dándose la gran vida en hermosas praderas, no logra deshacerse de su disfraz de tigre, intenta arrancárselo y no se le despega, eso le pasa por ser tan aguajero, lo fácil que hubiera sido rechazar el invento del maldito zorro, se arrepiente, lo tenía todo y ahora únicamente esto, esta piel de mentira, este cadalso, esta ingratitud, este presidio, el tigre se santigua, el jaguar se detiene, agacha la cabeza para olfatear por la hendidura, acerca una oreja al pomo, ubica el sitio exacto, la fauna se pasea expectante, y, cuando todo indicaba un trágico y merecido desenlace, colorín colorado, una explosión de frágil humanidad le salvó la vida. Lágrimas que borran rayas. Los tigres también lloran.
FBA

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