MIS LIBROS

(sus fracasos, sus tristezas)

Son escasos, pero bastante escasos sus compradores. Uno que otro, y muy de vez en cuando. Lectores sí tienen, pero de fragmentos o adelantos que divulgo en mis redes sociales o en mi blog “Solo para fracasados”. O sea: gratis. Y esto de su fracaso es una realidad aplastante, no un embeleco para llamar la atención.

Admiro (o envidio) a un par de amigos que son expertos en promover los suyos. Uno de ellos lleva ya como tres años presentando el mismo libro en cuanta feria de la lectura se le atraviese; sabe moverse en busca de contactos y relaciones, no pela espacio y es infaltable en la FILBO año tras año. Lo ha lanzado ya infinidad de veces en ciudades y pueblos, de evento en evento. Y estos ayudan, sin duda, a que los libros se vendan y circulen. Acaba de publicar otro que contará con la suerte de tenerlo a él como autor. Los escritores, sin apoyo de grandes editoriales, deben convertirse en vendedores si aspiran a que algo suceda con sus libros. Los temas polémicos aportan de por sí lo suyo. Casi nunca sucede en realidad nada importante, nada que en verdad trascienda, pero algo es algo. Las grandes ventas están reservadas para los escritores bendecidos por el capitalismo literario. A los demás les toca camellar y apersonarse, venderse como sea y sin vergüenzas.

Un libro es un producto, y, como tal, hay que publicitarlo, hacerle mercadeo. Pero yo no sirvo para esas vainas. Confieso que me da hasta pena, mucha pena, eso de andar de feria en feria presentándolos, como si fueran la gran cosa. Y tampoco se trata de menospreciarme para llamar la atención. La afirmación no busca desconocerme, sino ponderar la calidad de los escritores cuyos libros leo, autores que prefiero porque encuentro en ellos mucha similitud con mi manera de ejercer el oficio. Así que es la purita y sincera verdad: me da pena. Soy lector de literatura gruesa y, por tanto, consciente de mis limitaciones. Además, porque, así tengan algún valor estético (me modero para decir sin falsa modestia que creo que sí lo tienen), ¿qué interés puede tener hoy día una obra literaria de fuerte connotación autobiográfica? Aunque me acuerdo de una lectora lejana de mi libro “Un imposible viaje”, que leyó circunstancialmente fragmentos de ese libro y me envió un mensaje en el que confesaba: “Un imposible viaje también el mío”.

El destino de un buen libro puede llegar a ser impredecible; al fin y al cabo, se trata de seres humanos, de vidas que pasan por ciclos similares, y no hay por qué creer que lo que le ocurre a uno en un hábitat específico no pueda repercutir en alguien más, distante o próximo. La autoficción está presente en muchos escritores renombrados. La clave estaría también en el lenguaje: no solo en qué se dice, sino en cómo se dice. De lo local a lo universal. Y viceversa. Esas calles por las que caminas todos los días, esos paisajes que ves, esa gente que saludas, esos problemas de salud, esos trabajos, esas angustias, esas nostalgias, esos sacrificios, esas alegrías, esos miedos, esas fiestas, esos nacimientos, esas muertes, todo ello puede llegar a ser literatura “de interés general”, estés donde estés, vivas donde vivas. Y si funciona para unos, ¿por qué no para otros? El palo de mango que está en el patio de tu casa puede contener una historia muy personal, pero a la vez estéticamente trascendente. Como cuando se muere de viejo y pudo matar a alguien al caer sobre el piso. Recuerdas a quien lo sembró. Su esterilidad. Sus plagas. Los pájaros llorándolo. El amor y la ausencia.

Mis libros, pues, no tienen dolientes; ni yo, que soy su autor, soy capaz de mover un dedo por ellos. Los escribo, los diagramo, los publico (en modalidad de impresión bajo demanda) y ahí los dejo, sin lanzamientos, para alimento de las polillas virtuales. Si no vuelvo a informar sus enlaces, no los visita nadie. Llevan meses sepultados en el más solitario de los olvidos.

Sin embargo, no falta quien me pregunte algún día por ellos y yo le respondo que por ahí andan, están bien, gracias.

Esta realidad tan triste me ha obviamente desmotivado para publicar otros libros ya concluidos, y hasta para terminar los que aún tengo en proceso de escritura. Y con esto de la IA, con más razón. ¿Para qué escritores, si el mundo digital tiene ya los suyos y a cualquiera convierte en un perito? Lo peor es que esos nuevos escritores, ni lectores son. O será más bien lo mejor, pues así se ahorran tiempo, disciplina lectora y esfuerzos sobrehumanos.

Entro a la sala de mi casa paterna donde tengo mi estudio de grabación y ahí los veo, apilados sobre una mesa, unos cuantos ejemplares que compré yo mismo. Les sacudo el polvo y los abro al azar. Leo varios apartes y me digo: son buenos estos condenados, están bien escritos, tienen alma, vitalidad y consistencia. Los vuelvo a poner en su lugar. Me sorprende haber aprendido a leer lo mío como si no fuera yo su autor. Así se pueden juzgar con menos subjetividad. Contribuye a esto el dejar que pase el tiempo sin leerlos.

Mis libros: sus fracasos, sus tristezas. ¿Qué hacer con ellos? Varias opciones:

La primera: regalarlos. Pero ¿a quién? Y ¿por qué? O ¿para qué?

La segunda: destruirlos (todos los que tengo en físico); una quema cultural podría ser, a modo también de despedida de este desastroso oficio de escribir. Tengo antecedentes incendiarios al respecto, por lo que reincidir no me sería difícil. De mi primer libro, “Poemas de Antesala”, publicado en 1991, los ejemplares que me quedaban fueron sometidos al fuego purificador de una conflictiva noche de tragos. Implica, además, eliminarlos o darles de baja en los sitios informáticos donde se encuentran publicados para compra física o electrónica; desaparecerlos del computador y de otros dispositivos donde los conservo archivados; eliminar mis redes sociales con todo su contenido, incluyendo las cuentas de mi oficio bloguero. Dicho mejor: dejar de existir como escritor. Nada que me recuerde que durante un tiempo largo me dediqué a semejante labor inoficiosa. Dedicarme entonces a vivir con tranquilidad y anónimamente lo que me resta.

La tercera: promoverlos; no sé… contratar a alguien que sepa hacerlo, una especie de agente, o pagarles a las páginas que ofrecen ese servicio. En esta opción me tocaría volverme más sociable y hasta aprender a lambisquear un poco. El éxito, hoy día, nada tiene que ver con la calidad. Es solo cuestión de procurarse influencias para estar en todos lados. Si una estrategia publicitaria agresiva es capaz de poner de presidente a un filipichín, nada de raro tendría que me convierta a mí en un exitoso vendedor de libros. Pero ¿con qué? No hay plata para tanta fiesta. No descarto que se trate de un problema o defecto de calidad y no de divulgación. A esta tercera opción debo sumarle el dejar de publicar avances en las redes. Quien quiera leer, que compre.

La cuarta y última: no pensarlo más y cumplir la segunda, modificando solo lo correspondiente a los ejemplares que aún poseo. En lugar de destruirlos o quemarlos, tirarlos todos al río Sinú, darles cinco minutos de ventaja y lanzarme yo detrás, a ver si me esperan, si me demuestran un poco de cariño, o los alcanzo como sea, sin saber nadar, para ahogarnos juntos, ya realizados y felices.

En definitiva, no es tan cierto eso de que uno escribe solo para uno, por satisfacción personal, porque no se puede vivir sin escribir y otras carajadas por el estilo. Esto suena más a consuelo y a autoengaño. Libros sin lectores… ¡qué idiotez! Los libros son mercancías.

Entender, después de todo, que fracasar no necesariamente equivale a postrarse, y que hay alegrías posibles en dejar de existir como escritor. La ausencia de más fracasos, por ejemplo.

¡Larga y bella vida a mis libros fracasados!

https://www.autoreseditores.com/busqueda.html?q=Francisco+Burgos+Arango&s=0

FBA

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