UN
SON FELIZ
“Solo me falta un
sol
verdadero”
ALBERT
CAMUS
(La
muerte feliz)
Los festivales pasan, las canciones (cuando no son exprofeso ni circunscritas a un concurso específico) quedan, y pueden, por tanto, escucharse al margen de ellos, en cualquier contexto.
Esta canción nació en Montería el viernes 9 de mayo de 2025. Lo que le ocurrió a este son de mi cosecha concursando en el 59° Festival de la Leyenda Vallenata 2026 ya es conocido por quienes leyeron mi publicación del domingo 3 de mayo en mi perfil de Facebook. Si no la han leído, a ella los remito.
Dedico esta canción a la infinidad de campesinos colombianos que durante más de treinta y dos años han acudido a mi puesto de trabajo en procura de que sus derechos laborales sean respetados y cumplidos. Son muchas las anécdotas que podría contar al respecto. Me es grato recordar, sobre todo, la solidaridad combativa de sus mujeres; ellas hablan por ellos y cuidan lo suyo con un amor desmesurado. Las de Guarne-Antioquia son esplendorosas. Son cuatro las regiones donde he conocido y atendido de cerca esta problemática: Córdoba, Quindío, Bolívar y Antioquia.
Las limitaciones funcionales de carácter normativo que nos prohíben declarar derechos individuales y definir controversias jurídicas propias de los jueces, pudiendo actuar únicamente en esos casos como conciliadores, me han impedido lograrlo al cien por cien, pero han sido más las alegrías que las frustraciones. Una buena y oportuna asesoría también logra avivar los espíritus. Y no hay satisfacción más grande que verlos irse contentos y agradecidos.
Conocedor, por tanto, de las angustias de esta población vulnerable, este “Un son feliz” que presenté el 30 de abril de 2026 en Valledupar, en el Festival Vallenato, es mi homenaje a ellos. Y a ellas. Y al amor resistente. Y a la felicidad que, pese a todo, los rodea y en verdad los protege. Y a la música de acordeón. A sus juglares de antaño (en mi singular manera).
El protagonista de “Un son feliz” no es andariego. Tragos, mujeres y tragedias no son los condimentos de su vida. No cambia por nada del mundo lo que tiene en ese pequeño lugar donde la felicidad eclosiona y conspira: una mujer grandiosa y los sonidos, bajos y pitos, de un acordeón que aún espera y porfía.
Dicen que los sones son tristes. Este no lo es; se reconoce feliz, si bien se trata de una felicidad matizada por la más vivificante y torrencial de las tristezas. Y tal vez por eso, sin que lo hayamos querido, su puesta en escena no fue tan lenta como está en el audio de inscripción. Nunca se me olvida el consejo de Mancel Cárdenas cuando acompañó con su guitarra mi canción “Con mi son” en el Festival Vallenato de 2018: el son es de suyo muy triste como para ponerle un tempo que lo entristezca aún más. Toca, pues, alegrarlo, y si se declara feliz tiene mayormente que demostrar que lo es (de ahí su acelere involuntario en la tarima). El aroma de esta canción nos habla de un sentimiento profundo, de ausencias y nostalgias, de luchas solitarias y distantes, y hasta de fantásticos e incomprendidos porvenires. ¡Y sí: de eternidad! ¿Por qué no?
Joaquín Rodríguez Martínez le puso nombre al suyo: Pedro Juan Montero Silva. Varias canciones, toda una saga musical y poética la que ha creado el maestro con su Pedro Juan. Este campesino mío no sé cómo se llama; podría decir, a lo Flaubert, que “Un son feliz” soy yo, y alguien me comentó que esa mujer de la parcela es la mujer que me acompaña desde siempre en mi trepidar urbano, que se la compuse a ella. Creo que podría tener mucha razón. Yo muy difícilmente me libero de mí cuando escribo y compongo. Así que pongámosle un nombre que sirva para abarcarlos a todos o uno más bien modesto que solo me nombre a mí. “El trovador sedentario” (muy distinto de aquel que, por una traición amorosa, dejó su bohío y se convirtió en errante). O “El incansable perdedor” (que me cae de perlas).
Ese mismo alguien me dijo también que le parecía una canción sencilla. No supe en el momento qué responderle. Pensé durante un rato si era bueno o malo lo que acababa de escuchar. Me acordé entonces de cómo surgió y le respondí como queriendo darle la razón en lo que terminé suponiendo no era un elogio, sino una crítica, reivindicando, en todo caso, la complejidad de lo sencillo: así me la propuse, fue algo intencional; una canción sencilla, como es la vida en el campo, una canción que se entendiera fácil, directa y emotiva, más centrada en el corazón que en el cerebro, y en la que ritmo y melodía fluyeran sin interrupciones. Seguramente, comparándola con otras abstracciones musicales mías, podría catalogarse de sencilla, siendo esto, por el contrario, meritorio.
Pero qué va, no es para nada una canción sencilla. Como todo lo mío, tiene su inevitable dosis de enredo. Narrativa y lírica a la vez, una que otra brochada poética, imágenes que hay que saber escudriñar, un lenguaje ajustado a la gramática y con ribetes académicos, y ese toque contestatario que jamás me abandona. La atipicidad es lo mío. Nunca me verán ciñéndome a los moldes del efectismo. La diosa de la canción me asegura que lo que ocurrió con la baja calificación que obtuvo en el concurso no fue cuestión de “defectuosa” interpretación, sino de ignorancia de esos tres jurados: no la entendieron.
Lo cierto es que esta canción parece haber sido diseñada como guion cinematográfico, pues perfectamente se prestaría para un documental o un cortometraje. Me la imagino en escena: su atmósfera, su encanto, su fugacidad, su magia, su poesía.
FBA
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