TIEMPO DE RENUNCIAR

Me he propuesto trabajar hasta diciembre de este año. Presentaré la renuncia ese mes para que se haga efectiva en febrero del año siguiente, luego de disfrutar, durante los primeros días de enero, de la semana del tercer turno de descanso como anualmente acostumbro, seguidamente de mis vacaciones, y a continuación de dos permisos conquistados a través de la lucha sindical, formalizados ambos en sendos acuerdos colectivos de trabajo (uno especial de tres días contiguos a vacaciones y el otro de cinco días por año cumplido de antigüedad). A mediados de febrero regresaré solo a preparar y culminar, ojalá con prontitud, todo lo concerniente a la entrega de mi cargo y puesto de trabajo, en el que para entonces habré cumplido treinta y tres años de servicio y unos pocos días más. Ingresé a trabajar el 24 de enero de 1994 y me he pasado gran parte de mi vida enfrascado al servicio de una entidad insensible, de traslado en traslado, desempeñando el mismo cargo en seis de sus sedes. Seis ciudades, seis experiencias, seis sufrimientos, seis desesperanzas.

Me embarga desde ya un sentimiento de tranquilidad por lo que será saberme por fin libre de compromisos y de horarios, pero, sobre todo, de acosos y persecuciones laborales y sindicales, en lo que la entidad para la que trabajo es, ¡vaya paradoja!, experta. El Ministerio del Trabajo, que tanto pregona el trabajo digno y decente, que asegura vigilar y controlar el cumplimiento de los derechos laborales tanto individuales como colectivos de los trabajadores colombianos, no cumple los derechos individuales y colectivos de sus propios servidores públicos. Así de paradójica y cruel es la cosa.

Y experimento a la vez un sentimiento de frustración por lo que significará tener que retirarme sin haber logrado la nivelación salarial progresiva por la que tanto sindicalmente batallamos, ni el cumplimiento de acuerdos colectivos económicos que acumulan varios años sin cumplirse. No los cumplieron los gobiernos anteriores y tampoco lo hizo el gobierno que se hizo y se hace aún llamar del cambio, este último porque supuso, de manera miserable y errada, que se trataba de funcionarios de derecha, afectos todos al ubérrimo hacendado de la inseguridad democrática. Nada más alejado de la realidad. Muchos de los trabajadores afectados votaron por la esperanza del Pacto Histórico en 2022. Y así fue como ese dichoso pacto les pagó. Imposible olvidar el silencio y la omisión del presidente del cambio mientras en uno de sus ministerios (donde se impulsaba una de sus más importantes reformas) más del noventa por ciento de los empleados participaban en una huelga declarada de manera constitucional y legal. Dejó que todo pasara y nada hizo en pro de soluciones. Dejó que su desalmada y falsa ministra se saliera con la suya. Y los trabajadores se quedaron viendo, después de más de cuatro meses en huelga, el chispero de la decepción. Este personaje, de ingrata recordación en el Ministerio del Trabajo, fue docente, fue sindicalista, fue militante de la Unión Patriótica, hizo parte del Comité Ejecutivo Central del Partido Comunista colombiano, fue senadora con el aval del Polo Democrático Alternativo, fue presidenta de FECODE e integrante del Comité Ejecutivo de la CUT. Increíble que alguien con todos esos pergaminos pase sin pena y sobre todo sin GLORIA por el Ministerio del Trabajo, en el cual se dedicó a todo lo contrario de lo que su pasado sugería: a no dialogar con los sindicatos, a no negociar sus pliegos, a imponer acuerdos a su amaño para después incumplirlos, a perseguir a los huelguistas hasta el punto de interrumpir a la fuerza, valiéndose de contratistas y de unos cuantos funcionarios abyectos (siempre habrá esquiroles en esas lides), la huelga que llevaban a cabo, reteniéndoles incluso sus sueldos para que incurrieran en cesación de pagos y no tuvieran tampoco ni con qué solventar siquiera sus necesidades mínimas. Si alguna vez esa pedante y displicente exministra fue todo eso que de ella se dice, lo cierto es que no le queda ni un ápice. Y se atreve todavía esta adalid del atropello a reivindicarse de izquierda y hablar de cambios.

No me he enriquecido durante todo este largo tiempo que he estado laborando en la entidad mencionada; me acompaña desde siempre el mal de no ser corrupto, por lo que he subsistido con uno de los salarios más bajos del Estado y me pensionaré con una mesada modesta, rebajada por ley al ochenta por ciento y promediada en su base, con la cual difícilmente podría pagar un arriendo en mi ciudad natal, si es que me decido a vivir otra vez del todo en sus confines. Un único ingreso mensual que apenas me alcanzaría para resolver lo básico. Nada de posibilidad de ahorros e inversiones. Hasta mi cuota sabatina de cervezas, mis compras de libros y mi participación en concursos musicales se verían afectadas. Me acerco poco a poco a las mil ochocientas semanas cotizadas, y no dejo de pensar en las angustias y estrecheces derivadas de una decisión de tal magnitud. No tiene lógica ni justicia que cuando más se necesitaría de un ingreso digno y suficiente por aquello de la vejez y sus achaques, menos se cuente con ello. Me acogí a la edad de retiro forzoso (setenta años), pero ya me cansé de las incongruencias de ese ministerio; de la absurda y antijurídica tecnocracia que impera en él; de sus sistemas defectuosos y acosadores, y de cierto personal servil que, por algún beneficio, se presta para reproducir sus malestares. Hora de irme; será todo un sacrificio tener que esperar hasta diciembre. Una vez pensionado, lo mejor sería quedarme a vivir en el pueblo donde aún presto mis servicios y tengo al menos un sitio arrendado con canon pagable. Esta realidad, que algunos allegados o conocidos me critican, argumentando que debí haber llegado más lejos basándose ellos en mi origen social, mis apellidos y mis capacidades intelectuales y otros talentos que dicen que poseo (se les agradece el reconocimiento de esto último), no me avergüenza para nada. Al contrario: me satisface reconocer que fue de algún modo mi elección o me tocó vivir como la mayoría de los asalariados que tienen que estirar el sueldito a ver si alcanza hasta fin de mes, viviendo en casas arrendadas y en estratos acordes con sus ingresos (actualmente vivo en estrato uno, aunque no me lo crean). Armenia, Cartagena, Rionegro, Guarne, Bello (Niquía), Sahagún y mi entrañable calle 35 de Montería (en la mocha carrera de la 8A, en aquel entonces sin pavimentar, fue mi hogar un callejón inolvidable) son mis testigos de descargo. En Cartagena llegué a vivir en estrato más que bajo-bajo, y bastante sabroso que me la pasé. Gozadera total. Aún recuerdo el retumbar de la música bajando desde el cerro. Tiempos, sin duda, mucho más que felices.

Sin embargo, hay gente que me cree rico por provenir de un estrato alto y moverme todavía en él, habitando los fines de semana en la grande y vieja casa de mis padres, única herencia de la que dispongo (y no dispongo) en una quinta parte, puesto que solo se traduce en comodidad y no en dinero. Una herencia que sigue sin formalizarse y liquidarse. Mi padre murió en octubre de 1986 y mi madre en agosto de 2009. No tengo por qué aborrecer ese beneficio ni sentirme mal por eso. Solo agradecimientos para ellos. Un oasis en medio de la nada. De lo único que soy propietario es de mi tendencia a persistir en causas imposibles. El vehículo en el que me transporto se lo debo a una entidad bancaria y me faltan como tres años para acabar de sufragarlo. Ah, se me olvidaba que sí soy propietario de algo: una reliquia, moto Yamaha DT-125, modelo 1995, que en este momento la tengo a buen recaudo y sin circular (no está en venta).

Así que el dinero y yo como que somos absolutamente incompatibles. No sé cómo producirlo, y seguramente cualquier negocio que se me dé por montar fracasaría. Como todo lo mío. Como mis canciones. Como mis libros. A propósito de mis libros, se confirmó lo que ya sabía: que ninguno de los dos que inscribí para la FILBO de este año fue seleccionado. Aquí sí que resulta gracioso que el fracaso me haya salvado del fracaso, pues se trata de autores autopublicados, desconocidos, cincuenta títulos elegidos entre cuatrocientos doce postulados, solo cinco ejemplares de cada uno de ellos para exhibición y venta, y los convocantes (Cámara Colombiana del Libro y Corferias, organizadores de la FILBO) se quedan con el treinta y cinco por ciento del precio de venta, sin comprometerse a devolvérselos a los autores en caso de que no se vendan (que es lo más probable que ocurra, pues ¿quién diablos va a comprar libros de autores ignotos en un anaquel arrinconado y sin apoyo de editoriales conocidas?) y no sean reclamados de manera presencial en Bogotá, con derecho de los organizadores a donarlos si sus autores no aparecen. O sea que asumen estos el costo del envío y ni siquiera merecen que se los devuelvan así sea pagando ellos el costo para tal fin o lo puedan pagar al recibirlos. Toca ir hasta allá o enviar a alguien a recoger sus orgullosos productos fracasados. Todo esto a cambio de una credencial para entrar a Corferias. Nada más. No faltarán los que, por posar de escritores, se pegan el viaje y asumen hoteles y demás gastos. Gastan más de lo que ganan. Y a eso lo llaman “apoyar a autores autopublicados”. Haber figurado en esa lista hubiera sido la consumación de mi mediocre vida literaria. Le caminé a eso solo por cortesía con la editorial que me envió la invitación, con la que autopublico mis libros en modalidad de impresión bajo demanda. Espero que la próxima vez me inviten a algo que valga de verdad la pena, como una parranda literaria, por ejemplo, en una isla del Caribe, cerveza ilimitada y con derecho a elevarse hacia otros sistemas planetarios. Qué criterios tan pobres los que emplean estos badulaques de la cultura para esas escogencias, muy similares a los tecnicismos del Ministerio de Cultura y de convocatorias regionales afines. Un autor realmente independiente qué va a estar escribiendo en función exclusivamente de memoria, territorio, identidad cultural y experiencias sociales de comunidades. Con el cuento de la pertinencia temática (que circunscriben a obras que dialoguen con contextos culturales, sociales y territoriales de Colombia), la inclusión geográfica o representación territorial, la diversidad de géneros literarios y la paridad o equidad de género terminaron de emporcar la cosa. El arte que no obedezca a esos candorosos moldes está frito: excluido por siempre. La basura al servicio del establishment cultural es lo que cuenta. Todos esos filtros técnicos y curadores de la cultura valen copa (por no emplear el vocablo hoy tan de moda de una campaña electoral).

La vida es el gran fracaso. Nadie se salva. Y los optimistas, que tanto la adoran promoviendo de ella sus bondades (aquello de es bella y fantástica y tal y pascual), son, al final, quienes más lo sufren: el gran fracaso de morir sin poder hacer nada para permanecer en esa vida azul que creyeron felizmente eterna.

Pero no se amarguen. Yo no lo hago. A estas bajuras, vivo mi vida llenándola de cada vez más profundas o volátiles motivaciones. Todos los días me invento una. Con ella me levanto y con ella me acuesto, y al día siguiente me doy otra vez cuerda para continuar en la misma indeterminación determinada. ¿Podré aún hacerme rico? ¿Por qué no? Digo rico, no destacado ni famoso. Ando ya pensando en varios planes para incrementar mi peculio al pensionarme. Sé que soy capaz de borrón y cuenta nueva, y debo hacerlo teniendo aún fuerzas físicas y mentales, algo de brillo y mucha ingobernable imaginación. Con lo estricto se puede combatir, pero la carencia obliga a reaccionar. Aunque creo que sería un pésimo rico, pues sin dificultades me aburriría sobremanera, me sentiría raro e incómodo, mis viajes seguirían siendo viajes imposibles, lo mío no es viajar, y, en cuanto a tenerlo todo en la vida, nunca me han gustado ni me gustarán las grandes vidas, sino las vidas pequeñas, las pequeñas y anónimas vidas, como las de los personajes que transitan por una novela empezada y paralizada hace años, cuya escritura sigo aplazando y no concluyo. Mejor me quedo como estoy. A lo sumo me buscaré la forma de ganarme otros pesos para equilibrar las pérdidas que conlleva pensionarse. Asaltar al fracaso sería una muy buena opción.

Me he propuesto trabajar hasta diciembre de este año. Tiempo de renunciar. Dejar de trabajar es un decir. Al fin y al cabo, mi verdadero trabajo ha sido desde muy joven escribir y leer, y tiempo después empecé a meterme en lo de componer canciones y desde entonces no he parado. Hace por ahí cuarenta y pico de años que me dedico también a hacer ejercicio y para esto sí que se requiere compromiso y disciplina. Actividades todas en las que seguiré trabajando y cumpliendo horarios mientras pueda. Libros que vienen viajando desde España y Perú: El ruido del tiempo y Despedidas, de Julian Barnes. Confío en poder seguir comprando libros, El loro de Flaubert es el responsable de continuar inmiscuyéndome en el mundo ficcional y no tan ficcional de este novelista británico, no así El sentido de un final, premio Booker 2011. Los ríos profundos, de José María Arguedas, me ocupa en estos días; aún no lo empiezo, decidí leerme primero todos los ensayos de la Edición Conmemorativa de la Real Academia Española. Qué exagerado es Alonso Cueto en algunas de sus afirmaciones, no creo que Arguedas haya pensado en todo eso que él dice a la hora de definir un título, los buenos escritores no se plantean estrategias tan rebuscadas. El texto de Mario Vargas Llosa se presta bastante a discusiones. Lo ideológico no necesariamente opaca lo literario.

Unos amigos que pertenecen a las bases populares del Pacto Histórico han pensado en mí como su candidato al Concejo Municipal de Montería. Se los agradezco. Me suena la idea. Pese a mis críticas y reservas sigo creyendo en la necesidad de mantener ese proyecto del Pacto y de afianzarlo en los mejores términos; abierto a la crítica y, en especial, a la autocrítica; libre de dogmas y fanatismos; con capacidad para admitir y corregir los yerros; implementado con las personas adecuadas; sin clientelismos, y sin componendas. De hecho, después de muchos debates y balances que me hice, voté por sus listas de Senado y Cámara el 8 de marzo. Pero para aspirar tendría que renunciar antes de lo previsto a mi trabajo como servidor público, y en este momento no estoy en condiciones de poder hacerlo. No descarto a futuro dedicarme también a la política, pasé por un pregrado en la Universidad de Antioquia en el que la estudié en profundidad y aprendí a quererla como lo que debe ser: ciencia y filosofía. Sin embargo, me aterra imaginarme la cantidad de descalificaciones ligeras de las que podría ser víctima debido a la dualidad de mi situación social, hay apellidos y orígenes que pesan demasiado, que marcan de por vida, que no son propiamente una ventaja, y hágase lo que se haga no dejan nunca de perseguirnos y limitarnos. Hasta nos ponen en riesgo, por ese solo hecho, muchas veces. Lo viví en mis tiempos de liderazgo estudiantil en universidades públicas. La credibilidad lo es todo. Sin ella, los políticos sobran. El reto es inmenso y altamente peligroso. Me tocaría romper la barrera de la obvia incredulidad, sin tener que fingir lo que no soy. El nivel para comprenderlo es exigente. No apto para quienes no ven más allá de lo meramente visible.

Mientras termino de escribir este texto, me entero de la terrible situación de salud por la que atraviesa un compañero del sindicato que presido; se pensionó hace un mes, fue Inspector de Trabajo en Sonsón-Antioquia y hoy está en la Clínica León XIII de Medellín necesitado de sangre, luchando por su vida. Varias patologías. De pronóstico reservado. Otro compañero, vicepresidente nacional del sindicato que él y yo fundamos hace cuatro años y cuatro meses, está también pasando por inconvenientes de salud. Somos coetáneos y fuimos directivos nacionales del primer sindicato, creado el 24 de enero de 1996, que logró sobrevivir como único y mayoritario en el Ministerio del Trabajo durante bastante tiempo. Y otro compañero, que renunció el año pasado en junio siendo secretario general del sindicato que nos ayudó en 2021 a fundar, me dijo sabiamente anoche: hay que pensionarse a tiempo, Pachirri (Pachirri; así, cariñosamente, me llama). Cuánta razón tiene. Seguiré al pie de la letra tu consejo, viejo Mario, le respondí. Oriundo de Santo Tomás-Atlántico, vive hoy su vida de pensionado en Santa Bárbara-Antioquia, el municipio donde fue Inspector, dedicado a la lectura y a la feliz libertad de estar solo y sin mayores apuros. Por último, me escribe esta mañana una compañera que se pensionó en febrero de este año, para contarme su tristeza por haber cotizado toda una vida, más de dos mil semanas, y le fue liquidada la pensión con el setenta y nueve por ciento del promedio. No llego ni al mínimo, me dice. ¿Qué responderle? Con razón el vicepresidente nacional lo está pensando. A pesar de sus quebrantos de salud, se resiste a irse del ministerio. Le teme a apresurarse, a que la ansiedad y la desesperación lo hagan cometer errores. Mi decisión sí está tomada. Me faltan solo nueve meses, a media máquina, para irme acostumbrando al ocio productivo.

Y fue asimismo anoche, después de confesarles a mis amigos del sindicato que batallaría laboral y sindicalmente hasta diciembre (lo hice en un grupo selecto de WhatsApp que conformamos con nuestro fiscal nacional, menos viejo este que nosotros y quien enterró a su madre hace unos días), que me despedí de ellos escribiendo lo siguiente: “Ya dejamos nuestro sello, es hora de irnos y de reencontrarnos en circunstancias más agradables y tranquilas; tenemos varias citas pendientes por cumplir, sin exageraciones alcohólicas, solo el placer de celebrar la vida y la amistad”.

Sí, así como lo oyen: ¡LA VIDA! Aunque la ataque ferozmente, yo me la gozo y la valoro más que muchos.

He escrito varias veces sobre este tema de la pensión y es la última vez que lo hago, hasta que se convierta en realidad. El silencio es la mejor compañía que la esperanza puede tener. Sin alborotos ni alborozos. Nada de anticipar las emociones. Que no se trunquen los cauces normales del destino.

Pensión integral de vejez. Así la llaman. De integral no tiene nada. De vejez lo tiene todo, con un dejo de humillación inconfundible. Decrepitud, inutilidad, desecho. Jubilación sin júbilo. Deberían cambiarle el nombre. Le cambiaré el nombre a la mía. Es un regreso a la infancia esto de envejecer. Pensión de infancia. Sí. La llamaré pensión de infancia. Ojalá cuente al final con otros padres que me ayuden a entrar y a defenderme en la vacua plenitud del más allá.

FBA 

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