EPH:
UN MILAGRO BREVE
Nos conocimos en Medellín, en la Universidad de Antioquia, a comienzos del actual milenio, cuando inauguramos, en calidad de estudiantes, el Pregrado de Ciencia Política en dicha universidad.
Modestia aparte, nos destacamos él y yo por la calidad de nuestro rendimiento académico. Recuerdo que en segundo semestre nos tocó enfrentarnos a un veterano profesor (lo de veterano es literal) de esos que los estudiantes suelen llamar “cuchilla”. Ya la memoria no me da para acordarme del nombre de la asignatura ni del de aquel maestro ejemplar. Lo cierto es que el tipo se podía decir que era chapado a la antigua, y le rendía culto a la memoria otorgándole todavía pleno valor. Sus exámenes eran escritos, sin ayudas documentales, y eran preguntas directas y precisas para respuestas inmediatas y concretas, sin rodeos. Exactas. O eran o no eran. Nos habían vendido un diseño curricular que se oponía a la educación memorística, las evaluaciones eran sobre todo a través de la elaboración de ensayos académicos, trabajos hechos en casa o en las aulas, centrados en el análisis y con posibilidad de acceder al material bibliográfico para poder desarrollarlos. Las intervenciones y los debates en clase eran también calificados.
Sin ponernos de acuerdo, sabíamos Edward y yo a qué atenernos. Así que me dispuse a memorizar como en mis tiempos de estudiante de Derecho en una universidad que basaba todo el proceso de enseñanza-aprendizaje en lo mismo: la memoria. Sobreviví a aquella universidad, pero es la responsable de una enfermedad del sistema nervioso que me acompaña desde hace cuarenta o más años. Recuerdo que era tan exigente lo de la memorización que pasé por cuadros de ansiedad tan complicados que me golpeaba la cabeza contra la pared del cuarto donde estudiaba y dormía, cuando no lograba fijar algún contenido temático en mi memoria. Hacía interminables ejercicios de repetición verbal de lo grabado hasta corroborar el logro total del objetivo. Los ruidos aledaños me sacaban de concentración y de quicio; vivía con mi abuela materna en su apartamento ubicado en el noveno piso del Edificio Copal, en pleno corazón de la ciudad. Colombia con El Palo, y la Avenida La Playa a solo una cuadra. Carros pitando todo el día, voces diversas y apresuradas que subían desde todos lados, el alboroto propio de una urbe altamente congestionada. De noche, los ruidos se alejaban, pero resultaban igual o peor de abrumadores. No me dejaban dormir, y con el tiempo tuve que comprar un ventilador de piso para medio contrarrestarlos, lo que me transportaba por momentos al recuerdo de mi terruño perdido, en el que los ventiladores nos ayudaban a suavizar el calor y a conciliar el sueño. Cualquier sonido, por mínimo que fuera, como el de una radio encendida, por ejemplo (la de Guillermina, la empleada de mi abuela, no se callaba jamás en la cocina), me hacía perder el hilo del estudio. Mis súplicas para que le bajara el volumen tenían poco éxito. Guillermina, con su cariñosa y risueña desfachatez, me desarmaba. Me hacía reír, y a ello le debo el haberme tranquilizado algunas veces durante las duras jornadas de aquellos malhadados exámenes. Acabábamos uno y a los tres o cuatro días teníamos el otro. Salir vivos de esas angustiantes y agotadoras evaluaciones orales que duraban todo un día y cuyas notas eran leídas tarde en la noche, implicaba un proceso de recuperación lento y dispendioso. Yo duraba uno o dos meses para medio volver a equilibrarme. El daño ya estaba hecho y me tocaría aprender a convivir con él por el resto de mis días.
En aquel entonces el término estrés no estaba tan extendido como ahora. Después se empezó a aplicar a toda la sintomatología que no pudiera encasillarse en un diagnóstico. Para colmo de males, ese pregrado de Derecho que me tocó estudiar era de periodicidad anual, no semestral, y del último examen del año dependía la aprobación de la materia, pues le correspondía el porcentaje más alto de las únicas tres notas que a lo largo del año se tomaban (trimestral, semestral y anual). Exámenes orales con el docente y uno o dos jurados, que podían reprobarse por no saberse una sola clase de las muchas del trimestre, semestre o año. En el examen final podía volverse a evaluar desde la primera clase hasta la última, sin importar que hubieran sido evaluadas en el examen semestral o en el trimestral. Todo un martirio. Memorizar de nuevo todo eso que se memorizó y que, por obvias razones, con el pasar de los días y la acumulación desmedida de más información se iba poco a poco disolviendo. Además, porque para poder pasar de un examen a otro había que borrar temporalmente lo aprendido para el anterior y disponer de toda la cavidad mental para poder guardar los datos del siguiente. Y esos evaluadores eran tan perversos que donde detectaban la falla o el vacío ahí se quedaban martillando. Tocaba aprenderse todo, unos mamotretos horribles, cuadernos enteros en manuscrito, en los que reposaban los apuntes de las clases, dictados a la carrera por algunos profesores con tal de abarcar la totalidad programática del respectivo curso. Mi capacidad de memorizar era muy buena, y poseía una extraordinaria memoria fotográfica sin la cual no hubiera podido resistir y superar ese tormento. Y todavía me preguntan mis psicólogas y psiquiatras por mi salud mental (he tenido la dichosa suerte de que sean mujeres; me he enamorado de algunas de ellas en mis libros).
Dos décadas después me encontraba de vuelta en Medellín. Otras ciudades dejadas atrás y una Licenciatura en Ciencias Sociales que me movilizó durante seis años. La Ciencia Política significaba mi retorno a la vida estudiantil y, en especial, a los avatares de la universidad pública. El examen del maestro “cuchilla” estuvo a la altura de su fama: ciento por ciento memorístico. Encendí mi grabadora mental y procedí a abordarlo. Más de la mitad de los compañeros de clase se salieron al rato, entregando la hoja del examen con escasas anotaciones. Hubo dos condiscípulos que leyeron las preguntas y se fueron del salón enseguida, en señal inútil de protesta. No faltó el que refunfuñara y maldijera. Solo tres o cuatro estudiantes lo ganamos; Edward y yo, entre ellos. La primera gran prueba de que éramos un par de guerreros académicos, con trayectoria y largo aliento.
Semestres más tarde nos tropezamos en la zona verde contigua a la Facultad de Derecho, en cuyos salones se impartían también las clases de Ciencia Política. Tarde calurosa, Medellín emulando el sopor de las bochornosas tierras de las que él y yo procedíamos, ambas de clima cálido, tropicales, Edward de Nechí y yo de Montería. Nos acercábamos a la mitad del pregrado (cuatro de ocho semestres) y nos daba clase Manfredo Koessl, un profesor argentino de ancestros alemanes. Procedente de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) y vinculado también a la Universidad de Hamburgo (Alemania), llegó al recién creado pregrado de la Universidad de Antioquia para ponerse al frente de algunas materias, entre ellas “Análisis del discurso”. No sé por qué sí me acuerdo del nombre del profesor Manfredo y de la citada asignatura. Debe ser porque hay seres que tienen el don de ser inolvidables; en este caso, no necesariamente por sus virtudes académicas (que las tenía) sino por su acercamiento familiar con los estudiantes. Era un bacán el hombre. Veníamos de algunos días de asueto y teníamos un trabajo pendiente de entrega y sustentación con él. Edward había empezado a atrasarse por circunstancias personales, su rendimiento académico había descendido y no podía darse el lujo de perder el curso del profesor Manfredo, puesto que el reglamento académico estudiantil lo dejaría por fuera del pregrado. Me percaté de sus abarcas y me contó que había estado enfermo, los pies se le infectaron e hincharon y se le dificultaba caminar. No presentó el trabajo y, por ende, tampoco lo sustentó. Intentó justificarse en su asunto de salud, pero la respuesta que le dio el profesor Koessl fue tiernamente implacable: “El ensayo había que hacerlo con la cabeza, no con los pies”. Calificación: cero. Nada que apelar. Edward era uno de sus alumnos predilectos, y lo tenía en mente para promoverlo a estudiar un posgrado en Alemania.
Edward se quedó sin pregrado. O más bien el pregrado sin él: sin su brillantez intelectual. No sé si habrá podido reingresar posteriormente para llevarlo a feliz término, o se habrá graduado como politólogo en otra universidad. Yo tuve que retirarme semestres después por problemas de salud. La urgencia de tal situación y la oportunidad de un traslado laboral conspiraron a un tiempo. Debía, por recomendación médica, cambiar de clima; residía yo en el barrio Niquía de Bello, pero trabajaba en Guarne, y el frío de este congelado pueblito antioqueño me estaba de verdad matando, de manera paulatina y sin compasión alguna. Lidié con una osteocondritis durante meses y varias veces estuve en salas de urgencias por un dolor punzante que parecía un infarto. De Guarne se decía que tenía nube propia y la lluvia no paraba, por ende, de caer. Por otro lado, había muerto un amigo y compañero de trabajo dejando su cargo, que era el mismo mío, en vacancia definitiva. Volver, por fin, después de diez años de ausencia, a respirar el aire de mi sinuana y sabanera tierra. Otra oportunidad como esa no se me volvería a presentar tan pronto. Tocó dejarlo todo tirado, faltándome poco para terminar el pregrado. De Guarne-Antioquia a Sahagún-Córdoba. Gracias a una Acción de Tutela pude acceder al traslado, ya que la politiquería, en tierra de politicastros, se interponía con otro candidato para el puesto. No hay mal que por bien no venga, es lo que dicen. Y sí, en efecto, mis problemas de salud empezaron a desaparecer o a mermar, uno tras otro. Las secuelas, por supuesto, nunca se van del todo. Lo vivido por Edward y yo en el pregrado de Ciencia Política en la Universidad de Antioquia me lleva a pensar en que los buenos o mejores estudiantes no siempre se gradúan. ¡Cuántas maravillosas carreras, truncadas por las invencibles realidades que se confabulan en contra! En cambio, los que pasan por esos pregrados sin mayores esfuerzos, sirviéndose de la calidad académica de otros, terminan graduándose con honores y con futuro económico asegurado. La mediocridad es abundante y, por lo general, prospera.
Volví a saber de Edward mucho tiempo después, cuando circunstancialmente nos reencontramos en Facebook. Ahí estuvimos interactuando algunas veces. Con su padre también lo hice en varias ocasiones, a quien él admiraba por encima de todo y se sentía orgulloso de haberle heredado su inteligencia y sus principios. De un educador por excelencia solo podía brotar otro gran educador de la vida y preparado para grandes retos. La marca de su Viejo El Grande, como él le dice, la portará con honor hasta el último día de su existencia. Fue en esa red social que pude, por sus publicaciones, colegir que Edward retornó a la Universidad de Antioquia, pero a estudiar un pregrado distinto en la sede de Caucasia. Desconozco si lo habrá concluido. Ahora mismo no preciso si fue en esa o en otra universidad (creo que sí, y que se había matriculado en Sociología o Comunicación, siempre en el marco de las ciencias sociales o humanas). Lo empecé a ver también en ese medio desempeñando un rol que le apasiona: el de estratega político. Lo vi viajando por fuera del país; percibí su felicidad cumpliendo su sueño de estar en ciudades alemanas conociendo universidades y monumentos de filósofos y pensadores que son los autores de sus libros de cabecera; reconocí su ímpetu asesorando en países de Norteamérica y Sudamérica campañas electorales que resultaron exitosas; lo escuché fungiendo de conferenciante en eventos internacionales de marketing político, mostrándole al mundo su genial estrategia del pantano para fines electorales; lo vi en una foto reuniéndose en Caucasia con Ismael Zuleta y Pedro Flórez para una eventual campaña del primero a la Alcaldía de Sahagún (que no se dio; dicho aspirante siempre estaba en el sonajero pero no se decidía, y, lamentablemente, se murió sin haber concretado esa aspiración), y la cereza del pastel fue enterarme de su injerencia en la victoriosa campaña de un candidato a la Alcaldía de Montería. A este personaje de la alta sociedad monteriana lo puso a dormir en los barrios populares de la ciudad y hasta hizo que se arrojara a las barrosas aguas del río Sinú para solidarizarse con los areneros. Una foto sacando la cabeza del agua, al lado de un planchón, lo dijo todo. La gente se comió ese cuento. Nunca más se ha vuelto a ver a ese exalcalde untándose de pueblo en una terraza del sur de la ciudad, tomando tinto al día siguiente, descalzo, en camiseta y pantaloneta, conversando con los anfitriones de la casa elegida para pernoctar en ella y con otros habitantes del vecindario. Por supuesto, todo eso había que publicitarlo de inmediato en redes, casi que en directo. Me imagino a ese candidato del norte intentando dormir, pensando en las ficciones que tenía que representar para ganarse los votos, riéndose de sí mismo, añorando la comodidad de su amplia cama matrimonial. Su mujer, la futura primera dama y gestora social, no lo acompañaba a esas faenas pueblerinas. Y flotando en el río sí que menos se le volvió a ver.
Las fotos de Edward en redes nos indicaban que había alcanzado el merecido éxito, se le veía elegante y con lujos, convertido en todo un dandi; no era ya aquel estudiante de vestimenta sencilla que se rebuscaba pirateando discos compactos de películas y canciones. Y no tenía por qué seguir siéndolo. La primera vez que lo vi en la Universidad de Antioquia se mostró muy hablador y con las características propias del chilapo; abrazaba y besuqueaba a las compañeras, dos o tres de ellas lo detestaban, les fastidiaba esa manera de tratarlas, pues les parecía un tipo liso, chocante y sobrador. Nechí es una rara mezcla de sabana cordobesa, Mojana sucreña, sur bolivarense y Bajo Cauca antioqueño, con un acento como de costeño apaisado o viceversa, y de ahí el despectivo término de chilapo, aplicable también a los oriundos del Urabá antioqueño debido a la presencia en su mestizaje de rasgos provenientes de las sabanas de Córdoba, Sucre y Bolívar. Al final, no se sabe qué son. Pero ellos sí que lo saben, y ven en esa mezcolanza una ventaja y un orgullo. Un crisol de identidades, la llama Edward, en el cual se funde igualmente el nordeste antioqueño y la parte septentrional de Antioquia. En todo caso, Edward no pasaba nunca desapercibido. Asistía a nuestras tertulias etílicas y musicales y no lo vi jamás tomarse un trago. Tenía otro plus: un incierto aire espiritual.
Durante la primera campaña del Pacto Histórico a la presidencia de Colombia en 2022 pude darme cuenta de que Edward se ubicaba políticamente en el centro liderado por Sergio Fajardo. Optaba él comprensiblemente por el educador, por un tono moderado, intermedio, lejos de los extremos fanáticos y de las polarizaciones enfermizas. Me decepcionó un poco la cosa, algo escribí y publiqué en mi cuenta o perfil de Facebook acerca de posiciones como la suya, puristas, neutrales y con ínfulas de superioridad, no comprometidas, en mi opinión de combativo militante del cambio en ese momento, con lo que el país necesitaba de sus mejores cerebros en una coyuntura tan crucial. Uno de esos textos fue a parar, una vez literaturizado, a mi libro Tiempos grises. Meses después de aquel pandemonio electoral me salí de Facebook, eliminé la cuenta o más bien se la cedí a mi inseparable Martín del Castillo y puse fin a cualquier contacto virtual.
Cuando al cabo de un año retorné a Facebook, no lo agregué a mi nueva lista de contactos, manteniéndome lejos de su vida y de su mundo, hasta hace más o menos un mes, que se me atravesó su página de autor a raíz de su aspiración electoral a la Cámara de Representantes por una de las dieciséis curules de paz, la de la CITREP 3 (Circunscripción 3 Antioquia: Bajo Cauca, Norte y Nordeste antioqueño), con aval del Resguardo Vegas de Segovia, comunidad indígena de Zaragoza. Su eslogan de campaña: Curul de Paz de Corazón Rural. Atractiva la cosa, al igual que su logo: un corazón rojo, dos manos azules debajo y tres números prometedores (501). Observo que cuenta su página de Facebook con alrededor de trece mil seguidores y dos mil publicaciones. Empecé a seguirlo y a leerlo; el éxito continúa brillando en él; sus reels dan cuenta de más viajes a Europa y a Estados Unidos; habla de su trip de estudios europeos en Alemania; se refiere a otra campaña electoral asesorada por él en México; nos cuenta su desempeño como tallerista sobre hábitos de éxito; se pasea por Praga, Budapest, Viena y Verona; en sus videos saluda o se reporta hablando en inglés, en alemán o en italiano, y, en fin, este Edward Páez Hache es sinónimo de optimismo, vitalidad y triunfo. Cuenta para ello con tres poderes formidables: lectura, escritura y oratoria.
Me reencontré así con una pluma de gran calado, que sopesa muy bien cada palabra para que nada le falte o le sobre a lo que pretende transmitir en sus textos. Su facilidad y rapidez de expresión es asombrosa, a tal punto que puede dejar groguis a sus oyentes. “El éxito es mi estrategia constante”, nos asegura. Y cómo no creerle, si no le ha resultado nada fácil. Se trata, me parece, de una inquebrantable fe en sí mismo, al margen de relaciones, de ayudas y de suertes. La misma que nos dice: “Invierte en tu grandeza: Cada decisión cuenta (…) Actúa con determinación y sin excusas: Los sueños no se cumplen con suspiros, se sudan, se trabajan. Hazlo por ti, por tu historia, y por el impacto que dejarás en el mundo. ¡El triunfo también es tuyo, si te atreves a tomarlo! (…) El único éxito que puedes reclamar es el que construyas cada día, porque la vida nunca es casualidad, es decisión. En la vida, no esperes nada… ¡consíguelo todo!”. ¿Lecciones de autoayuda? Tal vez… Pero no, lo de Edward es fruto de una convicción profunda y de una infinita formación de autodidacta. Su saber se basa más en el poder de la imaginación que en todo lo que ha estudiado. Y me temo que solo a seres de similar talante podrían servirles sus consejos. Afirma que publicará cuatro libros sobre el tema. Los que busquen fórmulas de autoayuda se perderán en ellos.
A todas estas, ¿quién es el personaje de esta historia? Si no lo conocen o no lo han identificado aún, se los presento: Edward Páez Hache. Así se publicita en sus redes sociales. Pero su desconocido nombre de pila es Eduardo Enrique Paéz Hernández. Sin duda, suena mejor lo de Edward Páez Hache; se parece más a lo que hoy es. Su currículum, en sus propias palabras, es el siguiente: estratega político desde 1997; consultor político alrededor de los temas territoriales; analista de territorios y poder; profesor; maestro del pantano; experto en storytelling; LifeCoach de Ikigai y hábitos de éxito; nómada cultural; líder social y territorial del Bajo Cauca; especialista en paz y desarrollo territorial; consejero de paz territorial, y estudios de Sociología, Ciencia Política y Planeación del Desarrollo. Y para rematar, algo mucho más cercano, cálido y contundente: de origen ribereño, veredal y campesino.
Hace unos días publicó esta poderosa reflexión que me gustó, por sentirla de algún modo en consonancia con mi forma de leer el mundo: “A veces la vida nos sacude en pocos días con demasiadas verdades juntas: se nos va un amigo demasiado joven, termina una campaña donde lo dimos todo por la ruralidad, y en medio de ese silencio uno descubre que lo verdaderamente valioso casi nunca lo vemos mientras lo tenemos. La vida, en realidad, no se mide por victorias ni derrotas momentáneas, sino por las personas que logramos encontrar en el camino, por los abrazos sinceros, por los territorios que tocamos con dignidad y por la conciencia tranquila de haber servido con el corazón. Hoy pienso en eso con gratitud profunda. En la maravilla de estar vivos, en el privilegio de amar y sentir con intensidad, en la posibilidad de seguir caminando por el mundo como un aprendiz de la vida —un nómada del espíritu— que entiende que cada encuentro humano es un milagro breve. Tal vez ese sea el secreto que casi nadie nota: que el verdadero éxito no es ganar siempre, sino vivir con intensidad, servir con honestidad y agradecer cada día que nos es concedido”.
Se propuso, luego de su todavía reciente derrota electoral, escribir sobre la relación territorio, poder y relato. Ya empezó. Escúchenlo: “Del territorio aprendí a leer el poder. Del viaje, a entender sus formas. De la palabra, a convertir esa lectura en relato (…) hay algo que se repite: el mundo cambia de paisaje, pero las estructuras siempre dejan huella para quien sabe observarlas (…) Este es mi camino. Esta es mi manera de vivir: mirar, pensar y narrar”.
Sí. Cada encuentro humano es un milagro breve. Ninguna otra frase puede describir mejor lo que significó conocernos en una universidad pública como la de Antioquia. Nuestra amistad estuvo calibrada por la política, la ciencia, la filosofía, la literatura, la música y hasta por la poesía, pues Edward lleva dentro un poeta que se le escapa de vez en cuando por ahí. Un exitoso y un fracasista. Él se dispuso a triunfar y lo logró. ¿Será que yo me dispuse a lo contrario, a fracasar, y también lo logré? Ay, mis viajes a Praga (por Kafka), a Viena (por Schubert), a Lisboa (por el fado y Pessoa) y a Barranco, el distrito bohemio y artístico de Lima, por Ribeyro… Seguiré leyendo a Edward a ver si algún día me decido a renunciar al fracaso y a proponerme, con determinación y sin excusas, el éxito. Y a viajar, sepultando aquello de mis imposibles viajes… De veras que me merezco las victorias y los placeres de la dolce vita.
Pero la vida es tan inexplicable, paradojal, traicionera y resbalosa que, tarde o temprano, hasta los exitosos fracasan. Un ganador de elecciones no gana las de su propia candidatura. Dos veces detrás de una curul de paz, en 2022 y en 2026. Perdió la curul en 2022 por 32 votos y volvió a perderla ahora por una diferencia mayor. Quedó en ambas de segundo. Me hace acordar de mis segundos puestos en concursos musicales. En esto sí que nos parecemos. Ah, y en lo de la reflexión que arriba transcribo. ¿Alcalde de Nechí? Lo andan promoviendo en redes desde ya. Ojalá. Sería un excepcional alcalde de un territorio que sabe leer mejor que nadie.
¿Serán realmente felices los exitosos? ¿No estarán más propensos a la felicidad los fracasados, al no tener que hacer hasta lo imposible por conservar ese peligroso y muy inestable estatus de felicidad? ¿No se sufrirá mucho por eso? Al fin y al cabo, nunca fracasa quien no se traza la gloria como objetivo de vida. Los “fracasados” no se llenan de sueños e ilusiones. No se dan mala vida creyéndose inmortales. Y hay unas luces ocultas reservadas exclusivamente para ellos.
Los exitosos son a veces como los suertudos: tremendamente dañinos. Y lo recomendable es alejarlos o alejarse. No es el caso de EPH: su ventura es sinceramente contagiosa. No fertiliza la angustia ni la envidia. Es una desprendida invitación a compartir lo suyo. A que podemos ser como él. A que podemos modificar para bien nuestro destino.
No sé. Son preguntas que no dejan de rondarme y perseguirme. ¿No es más bien la felicidad un despropósito? ¿Vale en verdad la pena planteársela como meta alcanzable? ¿Hasta cuándo?
Un milagro breve. Nada sobrenatural, solo una inesperada sincronía. Un amigo distante y bendecido.
FBA

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