DECISIONES…
1
Hablaron de cambio. De avanzar en dicha transformación hasta que la dignidad se hiciera por fin costumbre. Hablaron de consagrar el derecho fundamental y humano de huelga. Insistieron en que los Acuerdos Colectivos de Trabajo son sagrados, ley para las partes, y deben cumplirse en su totalidad, sin condicionamientos ni restricciones de ninguna índole. Los negociaron y los suscribieron como obligaciones de resultado y a la hora de tener que cumplirlos se escudaron con el embeleco de que eran solo de gestión. Se comprometieron, además, por escrito, a cumplirlos todos, sin excepción, incluyendo los incumplimientos provenientes de gobiernos anteriores. Aseguraron ser progresistas, algo así como una izquierda democrática o aquella socialdemocracia de otra época. El gobierno inmediatamente anterior, de ultraderecha, se abrió al menos, por primera vez, a una petición extralegal de carácter económico. Fue acordada y cumplieron lo pactado con los sindicatos. Los progresistas, en cambio, amparados en una disímil y hasta contradictoria mescolanza de un rimbombante pacto histórico, una vez en el poder, terminaron persiguiendo y masacrando huelgas legítimas, retuvieron los salarios de los huelguistas, y, con implacable cinismo, cercenaron y debilitaron la negociación colectiva en el sector estatal dizque para profundizarla y fortalecerla en favor de las grandes mayorías sindicales. Expidieron e impusieron, para tal efecto, un decreto reaccionario, regresivo y antidemocrático que acabó con lo poco que se había legalmente avanzado. Al artífice de semejante oprobio lo premiaron elevándolo de viceministro de una cartera a ministro de otra. Hablaron de acabar con la corrupción, pero incurrieron también en escandalosas corrupciones. Predicaron la formalización laboral, pero la sed de burocracia y de contrataciones pululó igual que en el largo y tenebroso pasado que prometieron cambiar; al clientelismo y a las maquinarias electoreras había que responderles como siempre: con nombramientos, contratos de prestación de servicios, adjudicaciones y hasta con creación de plantas temporales. En esto no se diferenciaron en nada de todos los gobiernos de derecha precedentes. La primera vez de la izquierda en el poder, en más de dos siglos de vida republicana, se volvió buchipluma. Cuatro años después regresan los progresistas al ruedo electoral, teniendo ya a su pacto histórico como partido político reconocido con personería jurídica y no como alianza estratégica, en apariencia depurado, al interior del cual desapareció para siempre la tan combativa, y esta sí histórica, Colombia Humana. Solo hasta los estertores del período presidencial se empezaron a ver, por cálculos electorales —a usanza de quien sabe que el tiempo se le agota y teme perder el poder, debiendo garantizar la continuidad de su proyecto político por interpuesta persona en un país que prohíbe constitucionalmente la reelección presidencial—, unos cuantos hechos positivos por los cuales se hicieron merecedores de aquel voto victorioso. Se podría decir que es mejor tarde que nunca. Se podría agregar que fueron víctimas de un bellaco bloqueo por parte de los poderes legislativo y judicial. Se podría pensar que quien ofrece el continuismo es capaz de asumir correctivos y enderezar las cosas. Se podría de pronto volver a creer en la desprestigiada palabra cambio. Se podría considerar que ningún proceso de transformación real y profunda se logra en poco tiempo. Se podría olvidar que el progresismo no cumplió su palabra, ni la verbal ni la escrita. Se podría perdonarles que se pasaron por la faja las esperanzas de más de treinta años de luchas sindicales por mejorar salarios y condiciones de trabajo en entidades públicas. Pero ¿cómo votar de nuevo por quienes se burlaron de los derechos colectivos? ¿No son acaso ellos, los progresistas, quienes hablaron y aún hablan de dignidad? ¿Es digno votar por quienes incumplen acuerdos colectivos de trabajo y salen a vanagloriarse en público de ser sus defensores cuando en privado olímpicamente los minimizan y desprecian? ¿Se merecen estos farsantes otro voto de confianza? ¿Se vale ser hipócrita para ensalzar a los hipócritas? ¿Toca seguir tragando sapos? Para alguna mierda tiene que servir la puta dignidad. Y la coherencia, ese otro vocablo casi igual de obsoleto.
2
Le llovieron críticas fanáticas por su ineludible ejercicio crítico y en especial autocrítico con respecto a un gobierno por el cual votó. Los fanatismos de derecha y los fanatismos de izquierda son idénticos. Endiosan a sus ídolos y defienden ese endiosamiento con insultos, odios y descalificaciones. Los argumentos no cuentan. La sensatez, mucho menos. Su ideología no trasciende lo impetuoso y visceral. De nada les vale a los fanáticos de la izquierda que él se haya mantenido durante mucho tiempo con ese mismo talante crítico frente a todas las derechas imperantes, con más vehemencia incluso. A lo mejor ignoran todo el costo que tuvo que asumir. Han pasado muchos años y ha sido tanta la distancia que no tendrían por qué saberlo. Lo único que les importa a esos defensores a ultranza de una poluta verdad en grado superlativo de pureza es que su redentor no sea cuestionado. Su Dios es, para ellos, intocable. Examigos suyos que se dedicaron —antes de irse al carajo la amistad— a hablar mal de él a sus espaldas, hasta que se sinceraron con ellos mismos y se atrevieron a irrespetarlo y ofenderlo, seguramente bajo la égida de unos envalentonados tragos noctívagos de más, poniendo por encima de historias comunes y sagradas, de afectos y dolores, el infame desprecio que se dejó ver por fin su verdadero rostro (cosa que no está de más decir que se agradece). El elogio siempre será basura. Meses atrás había bloqueado en su cuenta de Facebook a algunos extremistas de derecha para permitirse un poco de paz en esa jungla de las redes sociales en tiempos de extracciones de presidentes, bombardeos indiscriminados, genocidios religiosos, atrocidades inimaginables por razones básicamente económicas y vasta pudrición electoral. Terrible tener que soportar la risa de quienes se alegran con esas abominaciones. Pasaron los días y el fastidio de solo acceder a las publicaciones de los extremismos de izquierda (falsos muchos de ellos, pues en otros aspectos son en realidad conservadores) lo llevó hace poco a desbloquear a algunos de los bloqueados. Comprendió que son necesarios para contrarrestar la encendida ridiculez de los opuestos. Una especie de equilibrio al desinformar es preferible a tener que aguantarse las proezas de un solo bando embrutecedor. La irracionalidad, con sus dos caras, es mejor noticia que la homogeneidad que también desinforma o informa ajustándose a lo que le conviene y es experta, qué duda cabe ya, en adulaciones. Esos radicales que no lo son cuando la historia de verdad lo exige. Como cuando hay que decirle a un gobernante que habla de cambio y de pueblo que buena parte de las personas que designó para gobernar son unos impostores. Ningún gobierno está a salvo de ser desenmascarado. Dejó de ver noticieros de derecha para irse al sistema de medios públicos de radio y televisión, y el remedio terminó siendo peor que la enfermedad. Una cosa es mostrar los logros que no se muestran, y otra muy distinta el servilismo. ¿Cuál neutralidad? ¿Cuál pluralidad de voces? Periodismo que se ciega es periodismo dulzón y nauseabundo. Ser gobiernista, por más que por vía de excepción se justifique serlo en determinadas circunstancias, no dejará de ser nunca una opción “intelectualmente” deplorable. Les pasó a grandes poetas que tuvieron que suicidarse para volver a ser poetas (dice Padura que lo dijo Trotski). Y pues sí, es bueno que la intelectualidad a veces se politice. Que se vuelva humana y militante, que reaccione y lleve la contraria. El brutalismo genera brutalismo. Dialéctica pura. Las vainas de un famoso Manifiesto. Empero, el arte, ante las livideces de lo humano, debería permanecer en eterna oposición…
3
Traspiés y más traspiés. Jamás lo abandonan, así se proponga llenarse de pensamientos positivos y de optimistas sensaciones. La dejadez es un asunto cultural, eso dicen; y, aunque se discuta su existencia generalizada, son evidentes sus efectos. Se padece de ella con una resignación tontamente orgullosa de sus raíces. Difícil liberarse. El regionalismo apesta. No se le dio la resurrección de En desconcierto, pues no hubo con quién, ya que todos sus posibles integrantes gravitan como rueda suelta, acumulan una buena cantidad de años, su tiempo pasó, se refugiaron en sus casas y como que se sienten muy cómodos con eso, incluyéndose. No hay que olvidar que lo suyo es el aislamiento. Está condenado a no asociarse con nadie. De ahí lo de sus inverosímiles y algo tardías libaciones solitarias, que dada su edad se podrían percibir como anacrónicas. El evento poético-musical se quedó en el aire y sin casa. Parece que el establecimiento fue cerrado del todo. Lo intuyó cuando fue dos veces a acordar la presentación y advirtió la carencia de clientes y licores. La adversidad puede llegar a ser maravillosa. Hace un mes reapareció en su vida un personaje que tiene un programa de música en una emisora universitaria; siete años atrás lo había contactado e hicieron un programa en vivo con sus canciones, le pidió después otras, se las envió y no volvió a saber nunca más de él. Hasta que revivió para invitarlo a hacer otro programa con sus cantos e historias, le pidió que le enviara varios, lo hizo y volvió el personaje a desaparecerse. La grabación de una canción suya que alguien sin querer le filtró y que se suponía sorpresa, se quedó también en veremos. Le pareció extraña la cosa, pues sus canciones no son aptas para oídos cortamente comerciales. Lo del libro total no llegó a ser siquiera parcial. Falta que no se le dé tampoco lo del par de libros que publicó el año pasado en modalidad de impresión bajo demanda, espacio abierto por la Cámara Colombiana del Libro y Corferias para solo cincuenta títulos de autores independientes que gestionan su propio proceso editorial, con pabellón y estand para ellos en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Solo espera que se concrete pronto ese revés irreversible para sumarle otra rara ventura a la heroica desventura. La negatividad es su más vital y fructífera herramienta. El anonimato sí que es la mondá, no el presidente ni el pacto genuflexo que con tanta provocación pendeja se pregona. La felicidad de no ser en ningún lugar apercibido es, ¡vaya contrariedad!, todo un suceso.
4
No más red social de caras. No soy un escritor de redes, si bien algunos de los ejercicios de escritura que he hecho y publicado de inmediato, en caliente, cuando bebo viernes o sábado en la alta noche y me dejo seducir por ellas, han ido a parar, días después, cuidadosamente literaturizados, a mi inventario de fallidos e invendibles libros. No más noticias mías en ese chismoso sitio web. No hay razón para seguir regalando poesía, literatura y música como si fuera tan fácil la gestación de sus “productos”. Han transcurrido veinte días sin publicar nada en ese libro social. Lo celebro como quien deja de beber y lo cuenta en su reunión periódica de Alcohólicos Anónimos. Sería un contrasentido que existiera alguna organización de Escritores Anónimos. Así que me reúno únicamente conmigo mismo y me lo cuento: llevo veinte días sin escribir y publicar en Facebook. Me aplaudo y sonrío. He sobrevivido a la majadera tentación de creerme importante opinando en ese calamitoso medio. Por supuesto que seguiré escribiendo, debo culminar proyectos literarios en curso, escribir de verdad, y solo en este bloguero rincón daré a conocer de vez en cuando mis aventuras estéticas. ¡Una cerveza!, necesito una cerveza roja para sellar este triunfo. La tranquilidad será en adelante mi principal objetivo, y solo me relacionaré con personas que me proporcionen confianza y alegría. Nada de gente falsa y problemática. Para conflictos, me basta con mi intrincada y pendenciera forma de ser.
5
Cuartel de invierno. Llegó tu hora. Lo que no fue, no fue. Lo que murió, murió. Nada de desenterrar las ilusiones. Tu destino es la muerte y el olvido. ¡Qué mejor resolución para una inadvertida vida que la notoriedad de semejante desperdicio! No llores más. No grites más. No denuncies nada más. No les des cuerda a quienes gustan de solazarse con el mal ajeno. No eres tampoco caldo de cultivo para nadie. Y no es una tragedia, señores, no es darse duro: es simplemente la vida normal, sin sobresaltos. Aférrate más bien a lo único valioso que has tenido: haber encontrado el amor imposible. Y agradecer que esté aún a tu lado. Acompáñala hasta el final o viceversa. Porque lo demás, es lo demás.
6
¿Decisiones? Es mejor vivir sin ellas y dejarse llevar de la corriente. Indeciso no es. Cinco palabras para resumir su Tiempo: abstención, oposición, anonimato, escritura, normalidad.
Soy una libertad amarga y pensativa, una noche soleada, un pasatiempo. Soy la sombra, el ruido, esa tristeza…
FBA

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