EL PACTO,
c’est moi
La ciudad podría ser cualquiera, al igual que el departamento. Los personajes y sus aspiraciones, ídem. Sobra, pues, especificar nombres y lugares.
Este cuento empieza con la escandalosa noticia de que una lideresa social vinculada desde hace años a la lucha por la adquisición de vivienda popular en la ciudad, con dos proyectos barriales en curso (uno ya en etapa de construcción), decide no apoyar la lista del Pacto Histórico al Senado, sino la de un candidato de otro partido: Cambio Radical. Así que su potencial de aproximadamente veinte mil votos (que es lo que se rumora posee) se irían todos para un partido político contrario a los intereses del gobierno del cambio y de la paz total, que en sus postrimerías está necesitado de que su sucesor en la presidencia sea también del Pacto y cuente con mayorías en el Congreso para no sufrir los obstáculos legislativos que le ha tocado enfrentar desde su posesión.
Se arma entonces la de Troya. Afirma la lideresa que apoyará al candidato del Pacto Histórico a la presidencia del país y a la lista de dicho partido a la Cámara de Representantes en su departamento, pero no a la del Senado. Se comenta entre las bases del Pacto Histórico —dispersas como están en distintos barrios de la ciudad— que, si bien la lideresa en cuestión no pertenece al Pacto Histórico, una postura política como esa va en detrimento o en contravía de los objetivos políticos y sociales de dicho Pacto. Ven solo intereses económicos en esa extraña coalición con un candidato cercano al alcalde de la ciudad, que ha sido el principal opositor de los proyectos de vivienda de la lideresa, impidiendo que puedan estos continuar y ser legalizados.
El nombre de uno de los dos nuevos barrios (villorrio con primer apellido presidencial) llevaría a pensar en que la cabecilla de esos proyectos de vivienda de interés social —que aspira a ser alcaldesa de la ciudad— no debería apartarse del ideario del máximo líder de la Colombia Humana, quien fue llevado a la presidencia de la república por el glorioso Pacto. Tampoco debería olvidar la lideresa que dicho gobierno intervino para viabilizar sus barrios al conceptuar que no están ubicados en zona de humedales.
Hasta aquí, todo bien, lo normal; así opera la politiquería electorera en muchas regiones del país. Nada de qué sorprenderse. La lideresa, por supuesto, al justificar el uso de cualquier medio para la consecución de un fin tan altruista, pagará seguramente las consecuencias en caso de que le hayan quedado ganas de someterse a la votación del pueblo, de “su pueblo”. La política es dinámica pero no incoherente. Parece no haber quedado en condiciones de endosar sus votos así porque sí; crecen el inconformismo y la desconfianza, y es probable que el voto de opinión le resulte adverso. Traicionar ideales acaba con cualquier credibilidad. Los pueblos reaccionan y castigan, aunque tarden en salir del cautiverio. En todo caso, le prometió a su candidato de derecha al Senado una concentración en el predio del barrio que está aún sin construir para demostrarle su fuerza electoral. Pronto se conocerá de qué tamaño es realmente su caudal político (gran fiesta por la vivienda de los sin techo y sin tierra, así la llaman). La potencia de la ambición está también en juego.
Lo curioso de esta historia es lo que sigue: descubrir que el Pacto Histórico no tiene una estructura organizacional y continúa siendo, al parecer, una coalición para elecciones y no un partido político con personería jurídica y estatutos. Al menos, así ha quedado en evidencia en la ciudad donde estos hechos se están dando. Es así como surge un grupo de personas, reunidas en asamblea, que afirman ser los dueños de la franquicia denominada “pacto histórico” y se proclaman como comité organizador, llamando, a través de un comunicado, a no votar por la lista del Pacto Histórico a la Cámara de Representantes en el departamento, pues censuran la amistad y la alianza del que encabeza esa lista con la lideresa en cuestión. Dicen que el Pacto Histórico en la ciudad son ellos y no esos clubes de amigos que andan por ahí. Y, como si esto fuera poco, cuatro partidos políticos de izquierda, fusionados para efectos electorales en Pacto Histórico, aseguran lo contrario: que los del Pacto son ellos, y están también firmes con la lista a la Cámara.
Sea lo que fuere, se supo, de buena fuente, que ese candidato del Pacto a la Cámara buscó aliarse, en medio del desespero ante la presión de presupuesto para la campaña por parte de algunos aspirantes de su lista y la falta de recursos, con un candidato al Senado de un departamento limítrofe, adscrito al partido de la U (otro partido de derecha), y si no es por el alud de críticas que generó el video en el que aparece dando tardías explicaciones con la lideresa de marras (craso error), no hubiera enderezado el rumbo. Es bastante posible que haya perdido electores.
Así las cosas, tremendo el lío que se ha formado en el existente e inexistente Pacto Histórico de esa ciudad, de ese departamento. ¿Cómo puede aspirar a ser opción de poder un partido político cuyos simpatizantes y militantes no cuentan con una organización jerarquizada que los convoque y aglutine?
Sin embargo, a estas alturas de la debacle ahistórica del Pacto en esa región, un pensamiento positivo se hace poderosamente presente a modo de salvavidas: quizá sea esa gaseosa condición del Pacto como movimiento y no como partido lo que más atrae de él, como quedó demostrado, en cuanto a su trascendencia, en la pasada elección presidencial. El histórico y victorioso Pacto es de todos y a la vez de nadie, y su vida no se circunscribe a anquilosados intereses organizativos. Lo bonito del Pacto es que propicia, por sí solo, la sana creencia de que hay que mantener el avance hacia una sociedad más equilibrada y justa. El Pacto es, pues, mi Pacto, mi solo compromiso conmigo mismo, y en tal sentido es asunto de todos quienes piensan que los ideales sociales están por encima de partidos y militancias. No se requiere de grandes maquinarias para ponerse en acción.
Recordar a Flaubert: Madame Bovary, c’est moi.
¡Sí!: El Pacto Soy Yo. Un yo autocrítico, desprendido y presentemente futurista; un yo que no se amarra a fanatismos derechosos ni izquierdosos; un yo que no avala endiosamientos ni caudillajes; un yo que fracasa y no se arredra; un yo combatiente y colectivo.
Votar por el Pacto es votar por algo mucho más grande que una desorganizada organización política que no está, como en la ciudad de este cuento, en plena y radical sintonía con el imparable cambio social que, mal que bien, por fin arrancó.
Y no es por la historia. Es por el sueño.
FBA

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