ESCRIBIR NO ES ELOGIAR

Quien escribe pensando en agradar condiciona el contenido del texto y frena o limita el proceso de escritura. Y si es para congraciarse con alguien, mucho peor la cosa. La admiración, esta sí desenfrenada, no produce nada bueno: solo textos adulones sin rigor crítico alguno. De ahí a la hipocresía solo hay un paso. Se deja de decir lo que se piensa con tal de asegurarse los réditos de la adulación. O digamos mejor del elogio, para no ser tan drásticos y reconocerles a quienes así escriben algo de sinceridad. El asunto se vuelve aún más embelequero cuando se le suma el regocijo público del beneficiario. Quien se sienta honrado por lisonjas anda bastante bajo de autoestima. El acto de escribir que se sujeta a esa recíproca ridiculez que da el elogio, tiene de todo, menos de bagaje escritural. Cuando el escritor se dedica a halagar con el fin de ser incorporado al círculo del halagado, lo que casi siempre obtiene es el desfile de un vocabulario vacío que se regodea en la exageración y la simplicidad, por más que se le inyecten al texto atractivas sutilezas propias del oficio. Un necesario equilibrio entre ese deseo incontrolable de agradar y las herramientas críticas que todo buen escritor debe autónomamente poseer y poner en práctica, le daría al menos la posibilidad de ser leído con otro interés: el literario. Escribir no es, pues, elogiar; la comicidad tiene lo suyo, pero cuando proviene de la zalamería es francamente horripilante.

Ya conté una vez lo que me ocurrió en un festival de poesía al que fui invitado. De eso hace por ahí quince años. La organización no costeaba transporte, solo la estadía en el hotel donde el evento tendría su gala de apertura, y en parte la alimentación.  Nada más. El invitado no podía cobrar por sus lecturas poéticas, solo agradecer el haber sido tenido en cuenta, como un favor que se le hace. Es lo que se estila en esos festivales, con el agravante de que lo que ha hecho carrera es que el invitado se costee todo: transporte, hospedaje, alimentación y demás gastos. Con tal de figurar, los participantes buscan recursos como y donde sea. Casualmente, me acaba de llegar un correo del XIII Encuentro de Poetas en Cuba, “La Isla en Versos”, Romerías de Mayo, 2026, del 30 de abril al 9 de mayo. Año tras año recibo esa invitación, ganas siempre de ir, pero una nueva declinación ante lo que implica en términos económicos poder hacerlo realidad.

Prosigo mejor con el recuerdo. La cita era en Riohacha. Me comuniqué tres días antes con la administración del hotel para cuadrar lo del pago del excedente de la habitación, de sencilla a doble, porque iba a asistir acompañado. El evento empezaba a las 6 p. m. y nosotros salimos de Montería, en bus, muy de mañana. Trancones en la vía y un daño del vehículo nos atrasaron alrededor de dos horas, y al llegar al hotel nos enteramos de que la directora (o más bien la dueña de aquel festival) nos había cancelado la reserva. Así que nos quedamos sin hotel, era de noche y no conocíamos la ciudad. Decidí irme de inmediato y no participar en ninguna de las lecturas para las que estaba programado. Me encontraba de vacaciones, y le dije entonces a mi compañera que nuestro viaje sería solo de placer; al fin y al cabo, esas lecturas poéticas son también un trabajo, y gratis para mayor tortura. Me fui sin despedirme ni pronunciar palabra, y estando ya en la calle fue que le grité al cielo de Riohacha lo que esa perversa matrona cultural se merecía: ¡al diablo con tu puto festival, váyanse los dos al carajo! Logramos conseguir hospedaje hora y media después. Pasadas las nueve y treinta salimos a buscar donde cenar; pocos sitios abiertos, nos apuntamos mal, y mientras no sabíamos qué hacer con un friche de chivo en exceso ensangrentado, vimos entrar al personaje.

Llamémoslo esta vez G., a secas. Como digo, ya conté esta historia en otro lado, y siempre será posible para un escritor volverla a narrar de otra manera y hasta con final distinto. Rosa Montero lo hace tres veces en un mismo libro, La loca de la casa, a partir de una supuesta anécdota autobiográfica (romance con un actor famoso). Cuando lo leí me dio la impresión de tratarse de un error o descuido. Uno de esos libros en los que se combina novela, ensayo, autoficción y autobiografía, equipaje propio de la novela posmoderna, y que bien pueden terminar siendo una mera suma de textos aislados. Pero la citada escritora y periodista española lo aclara en el capítulo final de su libro cuando afirma: “Lo que hace el novelista es desarrollar estas múltiples alteraciones, estas irisaciones de la realidad, de la misma manera que el músico compone diversas variaciones sobre la melodía original”. Sigo, no obstante, pensando que bien pudo haber sido una falta de cuidado al seleccionar los textos. Retazos que también sirven para hacer colchas.

Pues bien, G. había sido invitado igualmente al evento de Riohacha; conocía la zona, ya que había vivido un tiempo en esa región de La Guajira. No iba como lector de poesía, sino a presentar un ensayo sobre la poesía y los poetas guajiros. Como en ese tiempo no nos conocíamos, nos limitamos a observarnos de lejos. Algún mínimo conocimiento tenía el uno del otro. Días después él publicó el texto que leyó en la inauguración de ese evento, y a los cuatro meses de haberlo visto en Riohacha me lo tropecé en el Encuentro de Declamadores y Poetas de Chinú, yo participando en el concurso de poema musical inédito y él no me acuerdo en qué andaba. Lo cierto es que terminamos sentándonos con el poeta Jorge Marel en una de las mesas del restaurante que tenía el contrato de alimentación. Intercambiamos libros. Ya me había leído el ensayo de G. y le pregunté cómo hizo para salir vivo de Riohacha. Nada de elogios, la cruda verdad de lo que él pensaba, con plena identificación de sus víctimas. No era eso lo que sus anfitriones querían. G. asumió el compromiso como un escritor auténtico, como el de las Historias de racamandaca, un entrañable amigo suyo llamado David. Desde entonces, lo veo poco, de vez en cuando en algún asunto cultural, y un amigo en común que fue su alumno me cuenta que vive en Facebook. ¿Dónde quedará eso? Mi amiga Estella Patricia asegura que es un barrio. ¿No será que G. no pudo salir vivo de La Guajira y su alma vaga desde su muerte por el mundo informático? Es posible que ese que veo a veces en ferias de la lectura sea un fantasma. Un fantasma feliz que se volvió cantor.

Un segundo ejemplo de lo que un escritor no debe hacer en sus escritos me proviene de un reencuentro hace poco en Montería con R. (llamémoslo esta vez R., a secas), más causal que casual, puesto que nos movemos por espacios cercanos o afines. Con setenta y pico de años encima está estudiando Derecho en una universidad pública, su pasión son los libros, los de literatura principalmente. Un lector empedernido que carga varios en sus bártulos y es dado a regalarle o a prestarle uno o dos de ellos a su contertulio ocasional. Me habló de Kelsen, el inventor de la famosa pirámide, se mostró admirado, y terminó confesándome su predilección por la prosa poética, siempre y cuando, me precisó, no se manifieste en abundancia, pues el escritor debe saber medirse, ese es su gran reto, ubicar el punto exacto, el justo equilibrio entre poesía y narrativa. Me dijo que se dedicaría a leer cinco años más, adelantándose así a mi infaltable conminación en el sentido de que ya es hora de que se siente a escribir. Cuando nos despedimos me quedé pensando en que R. sería un extraordinario profesor de literatura (como lo fue G. hace tiempo); qué más títulos que esa montaña de libros devorados. Me obsequió (o prestó; no me precisó en el momento si era o no con carácter devolutivo) una novela de Antonio Muñoz Molina, y con esta en la mano salí a la disparada para una cita médica mientras R. me decía que iba a visitar a su tocayo Berrocal (tocayos solo de letra inicial en segundo nombre y primer nombre, respectivamente), otro lector mayúsculo, hoy enfermo, me informa R. que ya no sale, se conocieron en la biblioteca del Banco de la República, ratones ambos, no sabía que R. lo distinguiera y frecuentara en su casa, qué buen gesto, me imagino el calibre de esas conversaciones. Lo dicho: el equilibrio es la clave. Para todo: arte, vida, amor, ebriedad, literatura.

Escribir no es tampoco agraviar. ¿Qué decir sobre esto? Pues que ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre. Con eso basta. Pero, en todo caso, creo que a la literatura le queda mejor el agredir que el endulzar.

R. supo nuevamente matizar los extremos cuando le leí ese día, mientras tomábamos tinto en el segundo piso del centro comercial donde el azar nos había puesto cita, la defensa literaria de Julian Barnes (Geoffrey Braithwaite) a las críticas que se le hacían a Flaubert por no enseñar virtudes positivas y no creer que el arte tuviera una finalidad social. Barnes, en su libro El loro de Flaubert, cita a Auden: “La poesía no hace ocurrir nada”. El arte no sirve para curar; sí, comulgo bastante con esa idea, y procedí a leerle otras líneas de Barnes: “A esto se le llama poseer imaginación histórica. A esto se le llama ser no solamente ciudadano del mundo sino de todos los tiempos (…) A esto se le llama ser escritor”. Y para reafirmarlo retrocedí hasta la página anterior, en la que considero está muy bien resumido el oficio de escribir: “Flaubert enseña a mirar cara a cara la verdad, y a no parpadear ante sus consecuencias; enseña, al igual que Montaigne, a dormir sobre la almohada de la duda; enseña a diseccionar las partes constitutivas de la realidad, y a observar que la Naturaleza es siempre una mezcla de géneros; enseña a hacer un uso lo más exacto posible del lenguaje; enseña a no abrir los libros en busca de una píldora social o moral: la literatura no es una farmacopea; enseña la preeminencia de la Verdad, la Belleza, el Sentimiento y el Estilo. Y si estudia la vida privada del escritor, verá que enseña valentía, estoicismo, amistad; la importancia de la inteligencia, el escepticismo y el ingenio; la necedad del patrioterismo; la virtud de ser capaz de permanecer solo en la propia habitación; el odio contra la hipocresía; la desconfianza de los doctrinarios; la necesidad de decir las cosas con todas las letras”.

Nojoda, ¡aquí está todo dicho!; ¿para qué estudiar literatura? A esos que convierten la escritura en pura loa servil les debería quedar claro lo que se debe y no se debe hacer cuando se escribe. Solo le expresé a R. la primera parte, quien, para sorpresa mía, se mostró enfáticamente en desacuerdo con lo de no tener un ingrediente moral. Más que matizar, contraatacó, situándose, sin importarle que se llevara él mismo la contraria, en el extremo opuesto. ¿Una receta moral a estas bajuras? No le creí, pero nada objeté, pues es propio de R. no dejarse encasillar, espíritu libre y conflictivo que jamás da tregua. Aprendí otra vez, escuchando a R., que no hay que tragar entero, que hay que deslindarse de cualquier tono categórico, que no existen verdades absolutas, que todo tiene su combatiente relativo, y que el equilibrio puede perfectamente tomar partido sin parapetarse con mediocridades eclécticas. Un fin ético de la literatura es posible, si libramos a la ética de la esclavitud de lo dogmático. Una moral sin moralismos. Una literatura que potencie de veras la contradicción humana.

Ante el apogeo del ChatGPT (sospecho que algunos de los ensalzadores lo utilizan), se vale todavía escribir sin los recursos modélicos y uniformes de la inteligencia artificial.

O dejar de hacerlo, como quien abandona un oficio que perdió vigencia.

FBA

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