ENTRE LA VIDA Y LA GUERRA

Mi nieto, J. A. —que ayer arribó a sus primeros once meses de vida—, gatea en una de las habitaciones del hotel donde sus padres se hospedaron anoche mientras pueden llegar a la casa de destino. Ajeno él, mi inocente nieto, a lo que está ocurriendo hoy, desde la medianoche, en un país vecino, objetivo militar y económico de un arrogante y despótico poder imperial que ha vuelto una vez más, acorde con su tenebrosa historia, a intervenir en los asuntos y problemas internos de otros países en nombre, como siempre, de la democracia, del orden, de la ley y de otras plagas manipulables por el estilo.

Pienso en lo cerca que estamos esta vez de una guerra que podría adquirir repercusiones mundiales. Lo impensable, sucedió. Invasión de tropas, aviones, bombardeos, captura y extracción del presidente y de su esposa. Todo esto en un país agobiado, sin duda, por otro poder que, valiéndose también del disfraz democrático, ha permanecido demasiado tiempo al frente del gobierno, acusado de fraude electoral y de otros vejámenes.

Pero lo peor no es tal vez eso. Al fin y al cabo, se trataría básicamente de un conflicto que en nada nos concierne o que no tendría por qué involucrarnos. En principio, por supuesto. Porque, a la postre, sí nos concierne, y mucho, no tanto por lo de ser países vecinos y receptor de inmigración, sino porque la problemática del hoy atacado país ha sido brutalmente utilizada en la coyuntura electoral de su vecino, cuyo presidente, no obstante ser su mandato legítimo y haber demostrado durante más de tres años de gobierno un talante respetuoso de la Constitución Política y de las instituciones republicanas, está en el ojo del huracán, amenazado por el yanqui aberrante de que va a venir también por él. Que se cuide, le dice. Lo peor está entonces sucediendo mucho más cerca, y este peligro sí que acecha. La guerra verbal de las redes sociales ya estalló. Y en el país donde mi nieto, sus padres y yo vivimos, la polarización existente —que a medida que se acercan los procesos electorales de congreso y presidencia va en ascenso— se ha disparado en este nefasto día como nunca, regocijados unos por el terrorista acto antiterrorista e indignados los otros por la agresión, claramente arbitraria e injustificada a la luz del derecho internacional.

Qué pésima memoria tiene un país en el que por dos colores políticos se mataron unos a otros durante siglo y medio y en el que la violencia, en vez de extinguirse, se ramificó perversamente, sin solución de continuidad hasta la fecha. Un país que, desde que supuestamente se independizó, no ha dejado de ser escenario de vileza y exterminio.

Se podría pensar que mientras que la guerra sea solo virtual no habrá mayor riesgo de que algo en verdad lamentable ocurra. Pero nada bueno se puede esperar de una oposición de extrema derecha que se alegra de semejante acto atroz y desea que ese demente que lo ordenó y que se cree dueño del planeta arrase asimismo con un presidente que les ha otorgado todas las garantías para expresarse y hasta para que le bloqueen sus reformas y proyectos de cambio una y otra vez. Los contradictores de esos que así reaccionan deberían, por el contrario, estar tranquilos. Nada favorece más la continuidad del proyecto progresista que esas expresiones enfermizas y desatinadas.

Lo acontecido hoy es grave, realmente muy grave. Para el mundo, en general. Solo quienes se dejan enceguecer por ideologías, odios y pasiones no lo ven así y son capaces de preferir la barbarie a la civilidad. Una insensatez provocadora puede causar más muertos que una bomba.

Si algo se requiere en este momento es calma, mesura, responsabilidad y respeto mutuo por las ideas contrarias. Comprender, además, que lo incendiario no será jamás una buena opción para votar por ella. Es momento también de analizar, de sopesar, de elegir la vida y no la guerra. Ofrecer un país arrodillado ante la potencia imperial tiene más de oprobioso pasado que de esperanzador futuro.

Ay, J. A., mi nieto querido, el país que te tocó. Aún no cumples tu primer año y tu patria está que arde. 

Que las fuerzas auténticas del bien nos amparen y el amor milagrosamente prevalezca.

FBA

Comentarios