Y BIEN JODIDO QUE UNO ANDA

Colcha de retazos, a manera de desahogo…

Canciones que escasamente superen los tres minutos, y con letras de fácil u obvia “comprensión”. Dicho mejor: que no digan nada o digan muy poco, solo lo que el “gusto del público” necesite o desee escuchar; un gusto, en todo caso, manipulado e impuesto por los programadores del momento, “motivados” estos por una jugosa cantidad de circulante. A más plata, más duración. Hasta que se acabe la plata. Venderse como sea, como toque hacerlo. Entrecomillo el término comprensión porque creo que ni siquiera eso les importa. ¿Comprender para qué? Lo que importa es bailotear y brincar. ¡Y ya! ¿Para qué más? Eso es o debería, a la postre, ser la música: melodía, armonía y ritmo. El famoso MAR para aprendices. ¿Para qué complicarla enquistándole letras, y peor aún si este fastidioso componente textual se pretende artístico o poético, aspirando a superarla en importancia?

Libros que pasan por el mismo síndrome. Si es un poemario, máximo sesenta páginas, y si es de prosa entre cien y ciento veinte, siempre y cuando los textos sean igualmente cortos, sin tantos párrafos o con párrafos de pocas líneas.

Ferias del libro en las que predominan los influencers; les dan los mejores espacios para que presenten sus libros, con auditorio a tope, y por supuesto que los venden. Para la truculencia y el facilismo de hoy día los escritores “serios” son ya especies en extinción. O tu breve presentación en uno de esos eventos coincide con la de un escritor famoso de talla internacional. Auditorio, pues, vacío. ¿Quién va a preferir escuchar a un don nadie de la literatura “local”?

Como si fuera poco, la inteligencia artificial lo hace cada vez “mejor”. Canciones y textos dan fe de lo que no tardará en consolidarse: el exterminio definitivo de compositores, cantautores, cancionistas y escritores. Y de otras plagas por el estilo. La “perfección” de lo sobrehumano condimentando un tiempo en el que la desinformación bombardea desde trincheras opuestas. La polarización no es el problema. Lo es el fanatismo ciego y enfermizo, que cunde hoy en Colombia hasta límites rayanos con la histórica violencia que lo ha desangrado durante más de dos siglos. La estupidez en masa. Payasos y bravucones que juegan a ser presidentes valiéndose de un patrioterismo salvador. Un discurso de seguridad autoritaria que demostró con creces su cruenta y aterradora capacidad de aniquilamiento. Pero por el otro lado se desperdician oportunidades de cambiar de verdad las cosas, rodeándose mal, y ahora con candidaturas meramente continuistas, sin autocrítica, igual de ufanas y sobradoras, y con áulicos que en nada se diferencian de los de las huestes ubérrimas. ¿Cómo votar por seguidores de un gobierno que tampoco cumple los acuerdos colectivos de trabajo que suscribe con sus servidores públicos? Lo sé por experiencia propia como negociador sindical defendiendo pliegos de trabajadores en el Ministerio del Trabajo. Decepción total. ¿En quién entonces creer?

Para colmo de males, de la nada surgen escritores que antes no escribían o lo hacían de modo defectuoso. Igual pasa con los nuevos poetas, los nuevos columnistas, los nuevos gestores o investigadores culturales, los nuevos ensayistas, los nuevos compositores… Todo lo que escriben se les parece, las figuras son las mismas, el tono ni se diga, como si fueran frutos moldeados por el tan venerado algoritmo de estos días. El asunto se tornará más falaz y destructivo cuando la IA logre incluso la singularidad. El hombre terminará yéndose a la mierda. El artista ya está inmerso en ella. Con perdón de la Gran Mierda, a la que siempre le profesaré estimación y respeto.

El Arte ya no importa. El arte se jodió. Pero yo estoy mucho más jodido que el arte. Porque mi tiempo avanza veloz y jamás me acomodaré a la frivolidad de estos aciagos tiempos. No soy vendedor. Soy escritor. Mis libros no se venden, porque carezco de editoriales y agentes que los promocionen y los pongan a circular de feria en feria. Mis contactos no me sirven para nada; los amigos son, con contadas excepciones, un fraude (reconozco serlo asimismo para ellos). Ni la familia apoya, aunque no tendrían por qué hacerlo. De mis pobres canciones, mejor ni hablar, pues se disputan en mi canal de YouTube cuál de todas suena menos.

Empero, ¿qué época no ha sido nefasta para la mayoría de sus creadores? ¿Cuántos no han muerto frustrados y sin éxito alguno?

Los poetas de las redes sociales viven a la caza de concursos de baja estofa, cuyo premio es la publicación en obras colectivas, como también de lecturas virtuales y presenciales, convencidos, ¡vaya torpeza!, de que la poesía tiene un poder democrático de salvación extraordinario. Los narradores de estas mismas redes no se quedan atrás y las usan, además, para posicionar imágenes atractivas de ellos mismos. Lo que escriban es lo de menos. Y si hay que pagar, se paga.

En lo musical, un compositor de música vallenata les exige a los intérpretes eventuales de sus canciones que si se las van a grabar que sea de manera completa y como él las concibió, sin mutilarlas. Ese cuento de que un estribillo melodiosamente pegajoso es suficiente no va con él. Una sola parte que se retoma en la mitad. Sosas letras que se repiten. Fórmula facilista. Placer para simplones. Dura lo que la “payola” dure; luego de esta, el justo olvido es implacable e inmediato. Claro está que se trata de un cantautor que logró renombre en una época en la que el culto a lo desechable no imperaba, y tiene, obviamente, con qué y por qué exigir. Los de ahora aceptan lo que sea con tal de ser grabados por “un grande”.

Avanzo en la lectura del libro El loro de Flaubert, de Julian Barnes. Con paso lento, pero decidido, recobrando poco a poco mi mejor velocidad lectora, para la cual la concentración y la disciplina son determinantes.

Ando también en crisis económica, pues, mi asistencia a festivales musicales en calidad de concursante de canciones inéditas sí que ha resultado desastrosa en algo mucho peor: el peculio familiar. Así que debo frenar en adelante esos impulsos, pues las inaplazables responsabilidades cotidianas demandan prioridad. Solo anhelo que, en medio de esta crisis, alguien se compadezca y me obsequie un libro de Julian Barnes, El ruido del tiempo, cuya historia me viene dando vueltas desde que leí su reseña en Buscalibre. La siempre compleja y tormentosa relación entre el arte y el poder. ¿Cuántos no prefieren lo segundo, a costa del producto estético? La música vallenata está repleta de ejemplos en los que el poder se impone y doblega al creador. Se someten sin chistar, por conveniencia, pues es la élite la que tiene con qué pagarles. La lambonería se volvió arma de todos. Se desviven los cantantes en las tarimas saludando a los poderosos, y se les ve con frecuencia a ciertos compositores en las selectas reuniones de la clase alta vallenata. Me había propuesto no meterme nunca más en el tema vallenato, pero es el ejemplo más cercano que me consta.

Relaciono la novela de Julián Barnes (que anhelo leer) con la premiada Prohibido entrar sin pantalones, de Juan Bonilla, sobre Vladímir Mayakovski. La extinta URSS dando aún materia prima a la exitosa literatura española y británica avalada por el mercado literario. Ya veré cómo aborda Barnes la vida y obra del músico Dmitri Shostakóvich.

Pienso en el éxito como objetivo de vida. ¿Por qué y para qué triunfar? ¿Vale esto en realidad la pena? No será más bien que la vida, a pesar de la muerte, debe ser el objetivo, y en tal sentido el éxito consistiría en otra cosa. ¿En qué? No sé. Mi hermana MEBA me envió un mensaje por WhatsApp al día siguiente de mi vergonzoso rol de cumpleañero en un día de noviembre que quisiera poder eliminar del calendario. Me pareció del carajo que lo haya hecho al día siguiente, después de tan incómodo suceso. Es un día en el que me escondo de todos y de todo, hago lo que sea para saltármelo o para que pase por completo desapercibido. Y a los que debiendo por parentesco recordarlo no lo hicieron, les agradezco inmensamente no haberme escrito o llamado para “felicitarme”. Si antes, cuando era joven y buenmozo (buenmozo, así me decía mi abuela paterna María Perdomo por el lunar que nació conmigo arriba de mi ceja derecha y que con la suma de años se me ha ido borrando o corriendo más hacia la derecha, como sol ocultándose en cómplice horizonte), jamás festejé esa fecha, a estas bajuras mucho menos. Perdón por el burdo tropo.

La piquiña de los festivales musicales. Me está rascando la tentación de inscribir mi paseo Cansado trovador en el 48° Festival Nacional de Compositores de San Juan del Cesar-La Guajira. Con él serían cuatro grandes festivales este año: Valledupar, Codazzi, Chinú y San Juan del Cesar. Me suena la cosa. Plazo hasta el martes 2 de diciembre. Ya veremos. Un mecenas. Necesito conseguirme con urgencia un mecenas. O algún samaritano…

Un fragmento de lo escrito, a destiempo, por MEBA: “La peor enfermedad se llama vejez. Se vuelve uno casi invisible para el mundo y es lo mejor de los achaques (…) Deseo que además de buena salud puedas recoger algo de lo sembrado con tu talento y tenacidad”.

Frases que he ido sacando del loro de Barnes: “A medida que envejecemos, vamos aprendiendo a gustar de las épocas intermedias, de los meses indecisos (…) Por mucho que seguramente pudiésemos preferirlos si lo fuesen, los libros no son la vida (…) Es el momento en el que se amontonan hasta enquistarse las últimas píldoras de vanidad… es el momento en el que se escriben las autobiografías, en el que se llevan a cabo los últimos actos jactanciosos, y se ponen por escrito los recuerdos que ningún otro cerebro conserva, creyendo, equivocadamente, que poseen algún valor (…) Al fin y al cabo, es fácil no ser escritor. La mayoría de las personas no son escritores, y esta circunstancia no les causa ningún perjuicio (…) ¿Quizás una confirmación definitiva…, de que la vida es ciertamente una chillona pesadilla soñada por un imbécil? (…) Ni siquiera trató de buscar ese panel deslizante que da paso a la cámara secreta del corazón, la cámara en la que se guardan los recuerdos y los cadáveres”.

La invisibilidad. Ese debería ser, desde el nacimiento, el principal objetivo. Y si la vejez la trae consigo, bendita seas, vejez. Mi pertinacia ha resultado también calamitosa. Mi talento, solo una brisa mustia, incapaz de soplar en otros cielos.

Y a modo de colofón: vida y muerte se publicitan por igual; de ambos mugreríos nunca nos salvamos.

FBA

YAPA: me entero de los efectos de una nimia discusión que tuve con mi hijo menor. Viajaba él hace unos días a reencontrarse con su esposa en la ciudad natal de esta, donde estaba ella de visita por los cumpleaños de sus padres. Errores impensables en ambos implicados. No somos propensos, ni él ni yo, a enfrascarnos en disputas consanguíneas. Mutuo respeto, ante todo, así no estemos de acuerdo en varios temas. Frases que no se deben decir. Yo me arrepentí de inmediato de la mía y estuve pendiente de que nada le ocurriera conduciendo su carro. Me cuenta su madre que viajó intranquilo y tuvo algunos inconvenientes en la vía. Lo importante, como siempre, es entender que en las relaciones familiares no hay inocentes ni culpables, la vida siempre será riesgosa y conflictiva. Una frase de más vive al acecho. Aprender a convivir es tarea de todos. Y aprender a callar es de sabios. Ya olvidé su frase y espero que él se olvide de la mía. Aún no regresan, próximamente lo harán. Es un gran tipo, con muchos valores y nobles sentimientos. Esa nimia, breve y tonta discusión fue nuestra despedida ese día. No hubo abrazo, no hubo beso. A su regreso lo compensaré dándole todos los que él se merece mucho más que yo. Yo soy un tipo extraño, un caso difícil, la hostilidad me persigue, la indignación me alborota. Soy, indefectiblemente, así. Aunque también sea muchas maravillas más.

Comentarios

  1. Uno: No eres viejo, viejo soy yo.
    Dos: eres un gran padre.
    Tres: En la vida has procurado de todo, menos ser invisible.
    Cuatro: no vayas a esevfestival.
    Cinco: fuerte ab3azo.

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