CASI
Casi me muero en diciembre. Faltó poco. Diciembre me golpea desde siempre con peligrosa contundencia. Muchos sentimientos encontrados. Nostalgias, ausencias, oquedades. Mezcla profunda de amor y odio con infinidad de pensamientos torturándome.
Al principio me alegra su llegada, y los primeros días siento en el ambiente la magia de ciudades o pueblos que vuelven a iluminar sus ilusiones. Se acercan las fechas cumbres y la desazón comienza a despertar. A estas bajuras el desasosiego deviene preocupante, ingrávido y nervioso, y la depresión, siempre atenta, va anunciando su arribo a través de sutiles amenazas. Hay que estar alerta y activar a tiempo el ciclo terapéutico. Si nos coge ventaja se hace bastante difícil escaparnos. Creí que sumando años sumaría resignación y entendimiento. Pero no. Mi debilidad ante lo inevitable ha ido sometiendo, palmo a palmo, a mi férrea voluntad. Y para colmo de males, en este diciembre que acaba de pasar se produjo un hecho triste que aún me embarga: una existencia plumífera —inherente al espíritu familiar— no volverá nunca más a prodigarnos sus preciosos cantos.
Me refugio en estos días en la lectura, la escritura y el jogging para recobrar la energía y el entusiasmo perdidos. Lo he estado logrando poco a poco. Lo más curioso es que cuando mi mejoría es notoria, desaparecen las luces y los adornos, y otra nostalgia se muestra invencible y paradójica: se fue diciembre, y me hacen falta sus vibras, sus aromas.
Vaya contradicción la que se gasta mi alma atormentada. Pero bueno, eso es la vida: sumas y restas, éxtasis y agonía.
Para mí, el mejor mes es el más insignificante de todos: sin festivos, sin fechas importantes, en el que la rutina recupera todo su aburrimiento y su poder. Es duro reconocerlo, pero requerimos de algún automatismo para que cierta serenidad se imponga. Un aburrimiento que no me aburre y se materializa en lo contrario: la cotidianidad me proporciona grandes posibilidades de abrazar lo simple, lo anónimo, lo frágil, lo invisible, lo pequeño.
No obstante, diciembre es también el mes en el que cumplen años mis dos hijos, ambos lo celebran, y, por supuesto, con sumo placer los acompaño. El problema es que nunca he podido superar esos brotes de pesimismo que se me vienen a la cabeza cada vez que contemplo la explosión festiva. A lo Flaubert. En todo hecho veo de inmediato su revés. Ni modo: así soy. O soy y no soy así.
Leí ayer un tremendo ensayo de Elsy Rosas Crespo titulado Flaubert y la melancolía: las cartas a Louise Colet. Me vi cruelmente retratado. Padezco también de esa enfermedad: la de la melancolía. La he llamado en escritos anteriores enfermedad de la nostalgia, pero después de leer este ensayo y de consultar el DLE, el término melancolía resuena más exacto. Rosas cita en su texto un libro de Julian Barnes que me había encontrado hace tres años en las Antimemorias de Alfredo Bryce Echenique: El loro de Flaubert. Hace días, antes de leer el ensayo, lo compré y viene en camino, viajando desde México. Tengo todos los signos y síntomas que describe ella en su análisis literario. Los que más llaman mi atención son: “las ansias de vivir y el desprecio por la vida”; “relaciones complejas con los demás”; “relación con los objetos: transacciones genuinas que revelan un significado”; “para vivir tranquilo hay que vivir solo”. Ojo: esta melancolía o nostalgia no es un problema de vejez: las porto desde mi intranquila juventud.
Caramba: ¡estoy putamente enfermo de melancolía! Aplausos, por favor.
Diciembre fue, además, el reencuentro con un antiguo camarada de luchas estudiantiles. Veintisiete años sin vernos. Qué abrazo el que nos dimos en un lugar del barrio La Granja cercano a su Avenida Principal. Ese amigo me permitió reencontrarme también con otro amigo entrañable de aquella misma época mediante una presencia literaria: un libro de cuentos escrito en el exilio, veinte relatos en veintidós años de errancia. En uno de ellos jura despedirse de la melancolía y asegura no haber en su alma espacio para la saudade. Ya hablaré quizá después, en otro escrito, sobre estos dos increíbles episodios.
Basta con decir por ahora que en todo reencuentro se me cruza el dolor de otra despedida que suele prolongarse. De ahí que esos reencuentros que vuelven a irse me causen pánico. Por salud mental y sentimental los evado, como a esas nuevas despedidas que conllevan.
Me pasa lo mismo con mi querido hermano Ceba. Doce años sin vernos, sin darnos un abrazo, sin sentirlo desarrollar su pasión artística pintando óleos y acuarelas en el jardín interior, llenando de pájaros libres y epifanías el cielo, nuestro cielo, leyendo libros portentosos o escribiendo versos y prosas con similar desmesura. Sus hormigas rojas se fueron asimismo de la casa cuando el árbol de mango pereció. Quedan sus turpiales en un mural silente, sus mariposas negras, sus brisas, sus susurros. Los reencuentros que me gustan son los que se quedan, aunque algo todavía distantes y esporádicos, y las despedidas que me gustan o tolero son las de próximo retorno o, en su defecto, las prefiero sufrir una sola vez, de manera brutalmente definitiva. Ese sufrimiento reaparece, sí, pero con menos intensidad, menos nocivo. Toca ayudarse. Creo conocerme y evito acarrearme dolores innecesarios. ¿Para qué procurarse felicidades que no duran?
Hice una feliz excepción con el amigo. Sé que pasarán años antes de volver a vernos, y para entonces, más viejos y jodidos, tal vez ese reencuentro no se permita la posibilidad de un nuevo brindis. Me alegró, en todo caso, poder verlo, es un sobreviviente de una tragedia descomunal, un luchador, un ser sensible y resistente, dotado de una inteligencia poderosa, nostálgica y poética.
En fin, ya me inventaré qué hacer para, al igual que lo hago con el día de mi cumpleaños, saltarme los días de diciembre que más me martirizan.
Por lo pronto, debo decir a voz en cuello que SOBREVIVÍ A UN DICIEMBRE MÁS, y dejo por aquí este primer texto escrito en el año naciente, que pasa a formar parte de mi libro, aún en proceso, titulado Lasitudes.
PROMESERO
Conspirar más.
Odiar
menos.
Urdir optimismos.
Fracasar
mejor.
Dejar de
sufrir
por cosas
sin
reversa.
Hacer las
paces
con amigos
y hermanos.
Publicar las
prosas
infelices.
Acabar los
proyectos
inconclusos.
No amar
tanto
para no
tener
que sucumbir
de
ausencia.
Practicar
de verdad
el
desapego.
Detener los
sentimientos
desastrosos.
Evitar
todo lo
que
debilita
y conmociona.
Dejar de pensar
trágicamente.
No más
aislamientos
enfermizos.
No más
lectura
de libros
que
deprimen.
No más
escritura
de mundos
imposibles.
Hacer de
la
ansiedad un
gran
remanso.
De la
depresión
toda una
fiesta.
Aceptar
invitaciones
y
visitas.
Ver el
éxito
en la
fama
que no
tengo.
Cantar
más
a tiempo que
a destiempo.
No más
melancolías
que no
alegren.
Beber
menos.
Fumar más.
Copular
hasta
que la inocencia
lo
permita.
Comprender
la animalesca
destrucción.
Y viajar,
viajar
por fin,
antes de
encarar
ese viaje
solitario
y último…
Amar de
nuevo.
Con más presencia
y solidez.
Al carajo
la
vacua eternidad.
Que la
vida
me muestre
su máxima
potencia.
FRANCISCO BURGOS ARANGO
(FBA)
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